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“Este poeta delicado Querría ser aquel comandante Que querría ser aquel filósofo Que querría ser aquel dirigente Que guarda en una gaveta con llave Los versos que escribe de noche.” Roberto Fernández Retamar
Esta historia es de cuando intentamos tomar el cielo por asalto y dios nos corrió a balazos. Cargamos nuestras mochilas con tantos rezos y oraciones, algún que otro cancionero y dos o tres cuerdas de repuesto… pero sucedió que el teléfono rojo estaba descompuesto.
Iniciamos caminando fuerte por los rumbos del Sur. Muchos libros habían ya recorrido nuestras miradas, cuando nos encontramos por el camino los asaltantes que decidimos ser. Es cierto, es un delito embestir la zona sagrada, el jardín del edén, que da todo a los pocos elegidos. Y nosotros, no-elegidos, quisimos democratizar el cielo, dándole tragos de nubes a los que en ese día sólo hambre tenían y saciaban su sed con fuego. Llegó el tiempo-ahora…
A diario aprendimos el camino al cielo, eran muchos mapas con tantas rutas, pero decidimos hacer un nuevo camino, que en los mapas sagrados no existía antes: lo construimos con tanta fe, que pensamos que el cielo ya era nuestro.
Hablamos bonito y despacio, como ordena el manual, a otros que lloraban como antes lloramos nosotros o que sufrían como sufrieron los nuestros. ¡Tanta gente que nos mostró nuevos caminos! Hablamos, oímos, sobre todo lo segundo. Anegados del sudor de diario, quemados tanto por tanto sol, aparecieron ríos, tlacuaches, árboles y cuevas. Cuando la luna trepaba el cielo, desenvainábamos la guitarra, la pluma y el papel. Allí escribíamos todo lo que llorábamos: amores lejanos, añoranzas de la casa, un desamor cercano, tantas calles que hoy ya no caminamos (pues ahora abrimos veredas en las sendas perdidas) y dos o tres canciones que ahora sólo son reminiscencia.
Cuando llegamos a un río, como siempre, dios sabía de nuestros planes, y mandó a algunos de sus ángeles. Dios es un panóptico perfecto, y nos avisó con alguna descarga de plomo su mirada. Como pudimos (no sin perder algunos libros y guitarra en la huida), nos pusimos a salvo no de su mirada, pero sí de sus estruendos.
Llegó también con prisa la tristeza. Viajamos más ligero, pero ahora un poco doloridos. Decidimos caminar cada quien por nuestros rumbos: unos siguieron dando clases, otros se fueron a la fábrica, yo anduve vagando hasta que los libros me apresaron, quise ser aquel filósofo, aquel comandante, aquel poeta…
Hoy los he vuelto a ver, nos encontramos vivos, nos pusimos a reconocernos: volvimos a nuestro ahora viejo camino, casi Real; sigue habiendo llanto, sigue el sufrimiento de los nuestros… Que dios nos perdone…
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