La educación de la mujer no puede llamarse tal educación, sino doma, pues se propone por fin la obediencia, la pasividad y la sumisión.

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La piedra que fue tigre PDF Imprimir E-mail
Espacio Literario - Espacio Literario
Escrito por Abraham A. Rasgado González   
Miércoles, 09 de Junio de 2010 17:05

El guerrero debe cultivar las ciencias y las artes
y con ellas ser también el guardián de su pueblo.
Subcomandante Insurgente Marcos

Cuentan nuestros más primeros, que hubo un tiempo en que todo era leyenda. Y cuentan también nuestros ancestros, los Binigula’sa, que en nuestra tierra que arde, que es lo que significa Guisi’i, hubo, y hay aún, un cerro muy antiguo, tan antiguo como la palabra que nos dicen.
Hay, en el pueblo más antiguo del Istmo, que es Tehuantepec, un cerro que se llama Daani Beedxe (Cerro del Tigre), que da nombre a este pueblo, ya que Tehuantepec igual es Cerro del Tigre (Tecuani-tepetl) en náhuatl, y ese lugar, el Daani Beedxe, tiene una historia grande, la cual les contaré, tratando de reproducir lo que escuché de los Binigula’sa.


Era pues, un cerro como todos los que se han formado en estas tierras tehuanas, a base de labrar la palabra y afinar los sonidos. Y ahí estaba el cerro, tan quietecito; pero hubo otro tiempo en que los tigres, que es como coloquialmente llamamos a los jaguares, se apoderaron de este cerro sagrado para los binnizá (gente de nube) y no dejaban subir a las personas, y mucho tenían miedo de subir porque pues iban a servir de almuerzo a esas feroces criaturas, y entonces los binnizá se sentían afligidos, porque habían dejado de visitar a sus dioses primeros, que estaban en la cumbre de ese cerro, y temían un castigo severo que los desapareciera de la Tierra y de sus tierras.


Y se reunieron en asamblea los del pueblo para ver qué solución encontraban a ese problema que mucho los mortificaba.
Y mucha palabra se dijo, pero no lograban aclarar la idea que sale de su cabeza, y mucho grito se oía en el lugar que habían decidido reunirse. Y nadie daba solución al problema, y más gritos había, y a veces querían pelearse con sus hermanos del pueblo. Y nada que lograban decir “esto vamos hacer”.
Y hubo uno, que se llamó Lee ridxi, o Eco, ya que transportaba lo que veía y oía de las historias de valientes guerreros que escuchaba e inventaba, y las encarnaba en su mente, y creía que su cuerpo haría lo mismo. Y dijo:

—Yo iré a matar a esos tigres que mucho enlutan el corazón de mi pueblo. Tengo experiencia en grandes batallas, en peligrosas cacerías; no creo que unos simples beedxe me puedan causar grandes problemas. Y no se preocupen por darme ayuda, ya que yo puedo solo con este mandato de mi pueblo, si es que ustedes me honran con su confianza.

Los binniguisi’i mucho se alegraron, y decidieron a mano alzada darle la encomienda, pues no andaban con ganas de ponerse exigentes. Y le dijo el anciano más sabio a Eco:

—Muy mucho se alegra nuestro corazón verdadero con lo que tú ofreces. Y en ti ponemos todas nuestras esperanzas, e imploraremos a nuestros dioses, si es que aún no nos han abandonado, que te auxilien, que te den fuerza, sagacidad, astucia, para que puedas librarnos de esos animales, que aunque sagrados para nosotros, ahora nos están dando mucho sufrimiento a nuestros corazones. En dos lunas será la cacería.

Y Eco se preparó para la batalla. Desempolvó sus lanzas, desocupó sus lazos, afiló la obsidiana, e hizo todo para prepararse física y mentalmente.
Y el día en que debía demostrar su valor había llegado. Era la noche segunda, la segunda luna, desde aquel día en que le encomendaron la liberación de su pueblo.


El pueblo ya dormía, o disimulaba su vigilia. Sólo grillos había en el ruido del aire. Las estrellas eran sólo eso, lucecitas en el cielo de arriba. La luna se desinflaba como esperanza de mujer de marinero en un puerto lejano.
Y comenzó a subir. Iba descalzo, para que nada interrumpiera su agilidad. Había obtenido ciertos datos de dónde mero mataban a las personas. Escogían pequeñísimas planicies en el cerro, con matorrales, en un lugar cercano adonde se encontraba un templo circular del Daani Beedxe.


Comenzó a caminar pisando fuerte. Pisaba los matorrales, hacía un ruido cercano al silencio, lo suficiente para captar la atención de los felinos.
Se detuvo y se atrincheró en una piedra que le pareció podía ser infranqueable para el tigre, o por lo menos que iba a menguar sus ataques. Más luego, dejó la carnada: un pedazo de carne de venado cruda, a unos cinco metros de su lugar de esconderse. Y esperó.
Nada, no aparecía ninguno. Nadie se acercaba. Decidió hacer ruidos que imitaran los sonidos de los animales. Y se calló.
Los tigres decidieron que enviarían a uno solamente, para ajusticiar al que osaba desafiar su fuerza.
Eco vio que entre los matorrales, un animal de ojos penetrantes se acercaba sigilosamente a la carnada. Un poco inseguro caminaba el tigre, y Eco se dijo: Se ve alerta, algo sospecha. Pero de por sí así son estos gatotes, se consoló.


Y poco a poco fue deslizándose hacia un lado de la piedra. Poco a poco preparó la lanza y la obsidiana. Poco a poco preparó la muerte del felino. El tigre se descuidó un momento, bajó la guardia para disponerse a comer el bocado que le había dado no sabía quién, y Eco fue ágil y ligero, y tomó una posición ventajosa. Y dijo: Va el primero, ahora es cuando.
Tomó fuerza, y cuando alzó su brazo para apuntar, el tigre ya estaba encima de él. No tuvo tiempo de reaccionar, y el tigre comió esa noche humano y venado.
Todo fue cuestión de segundos, milésimas, pero ahí terminó ese intento.
A los dos días, la gente del pueblo supo que Eco ya no volvería, que había sido muerto bajo las garras y dientes de los tigres.
Se convocó de nuevo al pueblo a reunión. Urgentemente.
Se reunió casi todo el pueblo y habló el anciano del lugar:

Es hora de ofrecer nuestro corazón al pueblo, por el pueblo, con el pueblo. Somos descendientes de guerreros invencibles e incansables. La valentía la hemos siempre puesto a prueba y siempre hemos salidos airosos. Acabamos de experimentar la bravura de un zapoteco, de un hombre de nube que quiso dar su vida por nuestra tranquilidad y así ha sido. Hoy tenemos la conciencia tranquila nosotros los ancianos, pues nos damos cuenta de que hemos formado una generación nueva de valientes, que lo dejan todo a favor de la mayoría. Eco no escatimó su valor y su arrojo por todos nosotros. Hoy lo recordamos con aprecio y admiración. Pero ha llegado la hora de darle paso al pensamiento, al espíritu, a las voces de nuestros dioses para que nos iluminen y nos guíen. Y ellos han de hablar.


Por mi voz hablan las voces de Xunashidó, la diosa de la muerte, y Xu, el señor del temblor.
Ellos no quieren más muestras de valentía, quieren muestras de inteligencia de su pueblo. Que no olvidemos que no somos los únicos pobladores de estas fértiles tierras tehuanas. Que, si vivimos aquí, es porque hemos sido elegidos para ser guardianes de este pedazo de suelo, que algún día será codiciado por los poderosos que vendrán con fuego en las manos y con enfermedades que no conocemos ahora. Pero que nuestro habitar en Tehuantepec, es un premio a nuestra valentía y a nuestra dignidad. Bini rizaca, llamamos al que no se deja invadir el corazón y la mente con promesas de riquezas y comodidades, al vil precio del olvido de su raza. Si vivimos aquí, es porque así lo decidieron nuestros dioses, porque así nos lo indicaron. Dijeron: ‘Tehuano, te doy esta tierra que reverbera, te obsequio esta agua que riega los campos con los que no tendrás apuro. Tú ya has demostrado que eres un digno dueño de Guisi’i, y otros pueblos serán acomodados a tu alrededor, pero tú siempre serás el preferido de mis favores. Defiende esta tierra, defiende tu forma de vida, defiende a tus dioses, defiende a tus hijos, a tus hermanos y a tus antepasados; defiende tu lengua, que es un hermosa forma de defender todo lo demás. Defiéndete, tehuano, no permitas que te engañen: aprende, cultívate, rastrea tu origen, y cuando estés en peligro, yo acudiré a ti para darte mi mano fuerte y ayudarte para despejar tu camino. Nunca nos olvides a nosotros tus dioses primeros, y nosotros nunca te olvidaremos’.

Continuó hablando el anciano: Esa es la palabra de los dioses. Ahora nos toca a nosotros salvarnos. ¿Qué hacemos?
Un grupo de señoras murmuraban y una de ellas tomó la palabra:

—Compañeros, compañeras. Sabemos que estamos en apuros, que mucha gente ha muerto debido a los gatos que nos están robando a nuestra gente para alimentarse ellos. Algún día, andando por los mares que nos dan la sal, vimos cómo un gran bidxa’a ikood, ordenaba a una serpiente convertirse en piedra para que no lo mordiera. La serpiente se quedó quietita, nada alcanzó a hacer. Él siguió su camino y aquí estamos nosotras contando lo que vimos. Proponemos, pues, amados paisanos, que recordemos la palabra de nuestros dioses y no olvidemos que estamos junto a pueblos hermanos. Los ikoods pueden ayudarnos. Ellos son los que pueden solucionar este problema. Dejemos testimonio de que somos guerreros valientes, pero también tenemos la humildad de pedir la ayuda de quien tiene la capacidad y posibilidad de auxiliarnos. ¿Qué dicen? Podemos volver piedra a nuestro miedo.

En tiempos difíciles, la unanimidad muchas veces se alcanza con pocos esfuerzos, y, aunque hubo algunos detractores de la idea, en general fueron acallados por la prisa que tenían de que acabar con el problema.
Se decidió enviar a dos ancianos y a tres guerreros para entablar la negociación con la Nación Ikood. Y partieron a lo que hoy conocemos como San Mateo del Mar.
Al llegar, fueron recibidos por una comisión de encuentro. El heraldo había cumplido con avisar de la llegada de la comisión binnizá.
Ante el Anciano Mayor de los ikoods, el caso fue expuesto. Y mandó traer al mejor brujo para escuchar su opinión. Éste dijo:

—Al parecer son muchos tigres. Y esto requiere no sólo de una orden de mi voz o un embrujo de mi flauta. Requiere de un ser poderoso, enigmático. Esto haremos. Cuando pasen dos lunas llenas, yo llegaré sin avisar al pueblo con una bigu roo, y, con el sonido de mi flauta las alinearé, y cuando vean a ese tremendo animal, quedarán petrificadas. La flauta sola puede con un animal, pero como se ve que son muchos, sólo podrá atontarlas, yo me las llevaría lejos, pero no tengo muchas fuerzas en mis pulmones ni en mis pies para un camino tan largo, así es que sólo serán piedra.

Regresaron los zapotecos a su tierra y esperaron el tiempo requerido.
Una noche, cuando el pueblo reprimía al sueño de nuevo, escucharon unos pasos aletargados y pesados. Escuchaban una lengua que no comprendían y sentían un viento fuerte y raro. Una flauta de carrizo inundó el aire de Tehuantepec. Ellos no habían escuchado esa música, porque los zapotecos son también intérpretes del pitu, pero esa música no la reconocían. Una lucha entre sagacidad y sabiduría, una tremenda batalla se mantenía en el cerro de Guisi’i.
De repente todo calló. El tiempo se detuvo junto al viento que dejó de soplar. El miedo dejó aún más paralizado el ambiente. Todo fue un silencio profundo.


Cuando amaneció, el pueblo fue avisado por los tehuanos de San Blas de una hilera de piedras que se veían en el cerro tras el cual vivían. Ahí estaban: Formados todos en hilera, bajando rumbo al mar, y petrificados para siempre. Nada podía calmar la alegría del pueblo. Pero hubo algo que sí pudo hacerlo: Al pie del cerro había quedado, como señal del trabajo del brujo, la caguama que sirvió como paralizante de los jaguares. El pueblo tuvo miedo y pidió al brujo que se deshiciera de él. El brujo dijo: Será que la luz del sol y el viento del sur conviertan a esta hermosa criatura en piedra, y quede constancia de la hermandad de los pueblos en peligro, para ayudarnos mutuamente, cuando así lo requiera nuestra sangre indígena.


La tortuga se volvió piedra en cuanto terminó de decir la última palabra. Y desde ese día, a Tehuantepec se le dice Tehuantepec (Cerro de las Fieras) o Daani Beedxe (Cerro del Tigre), y desde ese día hasta hoy, cuando asomamos los ojos por San Blas, vemos la hilera de tigres que venían bajando y fueron convertidos en piedra, y hasta mero abajo del Cerro del Tigre, está la Tortuga que nos salvó de seguir muriendo.


Y también, el Beedxe fue convertido en música, e interpretado de generación en generación hasta el día de hoy; y hasta que el mundo deje de girar, nuestros niños siguen tocando, bailando y danzando la leyenda que nos dio pertenencia a este pedazo de tierra digna, y que Tehuantepec se llama.
Esta es la historia que le oí a los Binigula’sa, y hoy se las cuento, para que no olviden…

 

 

 

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