La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

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Escrito por Humberto Escobedo   
Domingo, 25 de Octubre de 2009 23:54

Desde que nací mis padres se dieron cuenta de que fui un bebé triste.
Casi no jugaba, estuve callado y solitario.
Mi madre me tenía como su confidente, al que le contaba sus penas y tristezas.
En la escuela primaria no tuve amigos y mucho menos amigas por mi timidez.



Poco antes de terminar la primaria tuve un amor platónico.
Ella nunca se enteró de que yo estaba enamorado.
Al ingresar a la escuela secundaria mi tabla de salvación fue el mundo de la lectura.
Desde hace más de cincuenta años he devorado miles de libros.
Como no he necesitado las matemáticas, la física y la química, desde muy joven las abandoné.
A lo largo de mi vida, he tenido muy pocos amigos.
En la actualidad  solo cuento con algunos que puedo considerarse mis amigos.
Hasta hoy solo tengo cuatro amigas.
Dos son conocidas por qué  las menciono  en los relatos  anteriores.
Mis amigos, muy pocos me visitan por estar “muy ocupados”.
Uno de ellos bautizó el cuarto donde vivo como “la cueva del lobo solitario”.
Mis amigas mencionadas, cuando me visitaban lo hacían como un médico, nada más para comprobar si el paciente ( El lobo) todavía  vivía.
Hace ocho años a mis lecturas y películas (reconozco ser un cineadicto) agregé otro escape que he mencionado: “la chatmanía”.
Pues bien hace tres meses en mis aventuras  cibernautas, al consultar google, pedí páginas de estaciones de radio.
En esa ocasión apareció una nueva página, que me trajo recuerdos.
Se titulaba: “Doctora Amistad”.
No podía creerlo, pues hace muchos años, en nuestro país existía un programa conducido por una mujer, llamado “Doctora Corazón”.
Era todo un éxito ya que miles de jóvenes enamorados, le hablaban por teléfono para consultarla.
Lo original no eran los problemas comunes del amor, si no consejos que ella les daba, durante una hora diaria, en la que entregaba parte de su vida para ayudar a los que sufrían la enfermedad más antigua del mundo: el amor.
Se ha dicho y es muy cierto, que el amor lo cura todo menos al propio amor.
No lo pensé mucho e hice  “click” en esa nueva página.
Además de que diariamente se podía escuchar en vivo, la dulce, melodiosa y amistosa voz de la responsable del programa, en el lado izquierdo se encontraban los audios anteriores para los que no tuvieron oportunidad de escucharlos.
Dicho programa se transmitía de 11 a 12 de la noche, incluidos  sábados y domingos.
Los programas grabados se registraban por fechas, comenzaban desde el 1 de enero del 2009 hasta la actualidad.
Es decir que había más de doscientos  programas
para  escuchar.
Desde ese instante me dedique a oir todos los audios.
Desde el primero noté que la conductora irradiaba tal alegría que iluminó mi triste y oscura alma.
Como un lobo hambriento y sediento, pasé horas y horas, días y días, gozando,  deleitando mi corazón y contagiándome de la alegría que transmitía la Doctora Amistad.
No sólo era una sabía que leía pensamientos sobre la amistad sino que los alternaba con chistes que me hacían reir como nunca lo había hecho.
Mi  triste vida comenzó a cambiar, de una negra noche de más de sesenta años, comencé a sentir una blanca luz.
Como Lázaro fui resucitado por esa amiga que enmielaba  mi amarga existencia.
Era un zombi, un muerto que caminaba.
No me había dado cuenta que la conductora era doctora en medicina y que estaba practicando  risaterapia a sus radioescuchas.
También aplicaba: la Ley de Atracción, pensamientos positivos y  amistadterapia.
Al mismo tiempo que gozaba de los programas anteriores no me perdía los que transmitía en vivo.
Cuando me puse al día decidí llamarle por teléfono a su programa.
Ella misma contestó.
Le dije que soy un ciberoyente asiduo y la felicitaba por sus transmisiones.
Le  informé también de que nunca había reído tanto, ni mucho menos conocía la alegría.
Le reconocí que me había salvado la vida y que sería muy dichoso de conocerla personalmente.
Me contestó que los domingos en las mañanas  tiene tiempo.
Le propuse que nos viéramos ese día.
Ella sugirió el traspatio de la biblioteca de “El Pochote”.
Acepté gustosamente.
Ese domingo llegué media hora antes de la cita.
La Doctora llegó puntualmente.
Ahora fueron mis ojos los que estallaron de alegría.
Era una linda y bella mujer, cuya sonrisa iluminaba  su rostro.
Todo el tiempo irradiaba alegría en sus ojos y en sus labios.
Tenía un poco más de treinta años y portaba un vestido indígena del Istmo.
Su cuerpo escultural  hizo voltear la mirada a los pocos jóvenes que estaban en el lugar.
Me levanté, le di un abrazo y un beso que ella respondió con otro beso en mi mejilla.
Al sentarse comenzamos a platicar, como si desde niños hubiésemos sido amigos.
Por primera vez no sentí como pasaba el tiempo.
Desde las diez de la mañana hasta las dos de la tarde, como dijera Osho, gozamos el presente, el aquí y ahora, con el amor de la amistad.
Fue como si acaba de nacer.
Los pensamientos que  leía en su programa, comencé a vivirlos.
“La  amistad es un amor que nunca muere”, recordé.
Nos reíamos tanto que nuestros vecinos de mesa seguramente pensaron    que éramos un par de locos escapados del manicomio.
Éramos conscientes de que los serios no eran sanos mentalmente, ni tampoco eran felices.
Me dijo que desde recién nacida llegó a este mundo con una sonrisa en su rostro.
Fue la alegría de sus padres, maestros y amigos.
Por cierto me contó que desde antes de estar al frente de su programa, ya contaba con muchos amigos y amigas.
Gracias a su trabajo, ahora tiene miles que le hablan por teléfono,  tiene correspondencia y chatea con ellos.
Como ya eran las dos de la tarde, nos encaminamos a un restaurant  donde, mientras comíamos se escuchaban piezas alegres interpretadas por el pianista cubano Enrique Chiá.
Cuando oímos música cubana, del mencionado pianista, le pregunté si le gustaba bailar.
Me respondió alegremente que bailaba todo tipo de música.
Como tenía que presentarse en su programa nocturno, le propuse que fuéramos a bailar a mi cueva.
¡Sí! Gritó de alegría, ¡Claro que si acepto, amigo!
Como a las tres de la tarde abordamos un taxi que nos llevó al lugar mencionado.
Al llegar prendí mi PC y puse discos de Chía.
Bailamos casi todo tipos de ritmos.
Aunque yo no sabía bailar, me enseñó con mucha paciencia y alegría.
Éramos dos niños alegres y felices que gozaban la vida bailando.
La alegría del baile espantó nuestros egos.
En nuestros descansos nos tomábamos fotos y videos.
Cerca de las seis de la tarde le propuse una sesión de fotos en el parque de las Canteras.
Hasta hoy nadie me había inspirado tanta confianza como la siento contigo, por lo que aceptó con gusto.
Apagué la PC cerré la cueva y caminando nos trasladamos al lugar convenido.
Desde la entrada comencé a tomarle fotos.
En cada lugar que nos parecía adecuado nos deteníamos y posaba para mí.
No tenía que decirle que sonriera pues lo hacía todo el tiempo.
Uno de los mejores lugares fue el kiosco, donde le tomé varias fotos.
Por primera vez me sentí realizado como fotógrafo.
Tenía la modelo ideal: joven, bonita, con un cuerpo de sueño portando un bello vestido oaxaqueño y en especial iluminando el lugar y mi corazón, con su melodiosa sonrisa.
En esos minutos fui feliz y dichoso.
Me sentí como Adán admirando la belleza de la primera mujer del planeta tierra.
Le di gracias a Dios como yo lo concibo.
Le agradecí a ella por darme de regalo su amistad.
Me sentí como Romeo cuando queda deslumbrado al ver por primera vez a Julieta.
Casi a las ocho de la noche optamos por ir a ver las fotos en mi cueva.
Le había tomado como cien.
Al estarlas viendo en forma de presentación, coincidimos en que casi todas habían quedado muy bien, casi perfectas.
Estaba entusiasta y muy contenta.
Le propuse que cargara en su memoria portátil para que le enseñara a su madre, una dulce e inteligente mujer, de alma juvenil, cuyos ojos recientes irradian un arcoíris de amor.
Mientras cargaba sus fotos le pregunté que si podía acompañarla a su programa.
Saltando de alegría me contestó que “Sí”.
En el interior del taxi le dije que me gustaría participar en su programa  me respondió que “Claro que sí me daría mucho gusto”.
A partir de ese momento no he faltado a ninguna de las transmisiones.
Desde ese día, como un par de enamorados, no sentimos que pase el tiempo, gozando el amor de nuestra inmortal amistad.


 

Comentarios  

 
0 #1 25-10-2009 18:50
\"Sólo el amor con su ciencia
Nos vuelve tan inocentes\".
Bonito texto
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