La mayoría de los países de América Latina han llegado al punto de despegue hacia el desarrollo económico y el consumo competitivo y, por  lo  tanto, hacia  la pobreza modernizada: sus  ciudadanos  aprenden  a  pensar  como  ricos  y  vivir  como  pobres.

Iván Illich, La sociedad deses

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Escrito por Revolucionemos Oaxaca   
Domingo, 29 de Enero de 2012 02:34

 

HISTORIAS JAMÁS CONTADAS

Y cuando despertó, la difunta todavía seguía ahí.  Gumercindo  Rodríguez desconoció aquel cuerpo inerte, que había quedado desfigurado luego del tremendo impacto que causó su camioneta.

Parado y asustado miró a su camioneta humeante. La sangre esparcida, a media carretera, se le figura una mancha insaciable que avanzaba rápidamente hacia él por todo el asfalto.

Pensó que la mejor salida sería componer rápidamente su carro y dejar ahí el cadáver, después de todo no había testigos y su casa ya le quedaba cerca.

Pero luego le remordió la conciencia, quizá por su oficio sabía la pena que causa una muerte como aquellas o tal vez  sucedió que en el fondo sintió una corazonada.

Se acercó a la camioneta  para estimar los daños y vio la sangre impregnada en lo que quedó de la defensa, así que abrió la puerta y sacó una franela roja escondida en la guantera. Con rapidez limpio todo lo que podía, aunque aquel trapo viejo pronto dejó de tener espacios limpios y en cambio comenzó a llenarse de un olor rancio.

En eso estaba cuando de pronto la quietud del lugar se vio irrumpida por una camioneta negra que, a juzgar, se veía como una propiedad de esas que sólo pueden tener los ricos.

Gumercindo sintió sus manos trémulas llenas de gotitas frías, un escalofrío se apoderó de su piel recorriendo lentamente sus brazos. Sin pensar  en correr o esconderse valoró la situación y decidió quedarse, aunque poco comprendía por qué precisamente a él le había sucedido.

Del auto bajó un hombre maduro con gestos poco amigables. Saludó a Gumercindo y platicaron sobre lo ocurrido.

-¡Que barbaridad!¿qué fue lo que pasó?- dijo el hombre mirando el carro y el cadáver.

-Sí hombre, créame no era mi intención matarla, se me atravesó de repente, ni tiempo me dio de frenar ¡mírela! pobrecita, ni se le reconoce- asintió Gumercindo Rodríguez quien haciendo un gran esfuerzo contuvo un nudo en la garganta.  Era normal, se sentía confundido sobre todo porque nunca en su vida había matado.

-Tiene razón sucede que luego no se fijan por donde van. Por eso es difícil sobrevivir si no se tiene la inteligencia y cuidado para andar por el camino correcto- dijo el señor con su acento norteño.

Tal reflexión hubiera sido muy útil para Gumercindo, pero como suele suceder sólo la aplicó al momento y no más adelante, en su propia vida.

No paso  mucho tiempo para que ambos mantuvieran tremendas pláticas como si fueran amigos de años, mutuamente se contaban situaciones difíciles que se pasan al estar frente al volante. Luego, Gumercindo le dio todos los detalles del incidente.

-¡Me lleva! mire como quedó mi carro, ahora no sé qué hacer- dijo muy molesto y miró por un momento su carro con una expresión de irremediable frustración en sus ojos. Entonces el hombre de camisa a cuadros sintió más pena por el carro que por la difunta.

- No se preocupe amigo, se me ocurre que todo esto tiene solución. Yo lo voy a ayudar. Mire componemos su carro y despedazamos  a la difuntita, luego nos la repartimos y  cada quien vende las partes por donde pueda, así sirve que nos hacemos de un dinero que de algo ha de servirnos ¿no cree?

Con asombro Gumercindo contestó enérgicamente – ¡Oiga! ¿cómo dice usted, descuartizarla? – y aunque no le agradó mucho la idea admitió, para sí mismo, que a él no se le hubiera ocurrido una salida tan práctica.

-Sí amigo, piense usted que como dicen por ahí, si del cielo caen limones hay que aprender a hacer limonada. La descuartizamos, luego componemos su carro, nadie notará el cuerpo- y diciendo esto volvió su cabeza hacia el cadáver que cada vez estaba más frio.

Gumercindo estaba desconcertado, bajó la cabeza como pensando. En su interior algo le decía que lo que estaba a punto de hacer no era lo correcto, pero su desconcierto pudo más y se distrajo pensando en la propuesta de aquel hombre adinerado.

De pronto el hombre bigotón irrumpió sus pensamientos con un contundente motivo que acabó por convencerlo.

- Y puede estar seguro que no haremos nada malo.

-¡No!, claro que no, dinero es lo que menos tengo- repuso.

El hombre al escuchar estas palabras asintió con la cabeza, dándole una palmada en la espalda.

Por un momento Gumercindo  pensó en hacer lo correcto y afrontar el problema, pero luego la comodidad y ambición ganó su voluntad.

-Ya lo ve amigo, ¡vamos a descuartizarla! no se sienta mal, sólo fue un pequeño accidente, además cualquiera en su lugar haría lo mismo.

Cinco minutos después, jalaron a la muerta entre el monte para que nadie los viera, con herramienta del mismo Gumercindo la descuartizaron. Sólo dejaron la cabeza desfigurada para que la comieran los zopilotes, pues como se sabe ellos viven de la carroña.

Luego echaron a andar el carro.

Ambos hombres, se dieron la mano, orgullosos de haber solucionado aquel asunto incómodo sin ningún contratiempo, se despidieron deseándose suerte y cada cual tomó su  camino.

Cuando Gumercindo llegó a su casa el remordimiento había desaparecido, después de todo era dinero extra que necesitaba para arreglar su carro.

Yolanda, una niña de apenas 12 años, lo recibió con un gesto de tristeza que se reflejaba en sus ojos almendrados y sus mejillas teñidas como el durazno.  Le bastó con verla a la cara para reconocer su mirada extraña.

-¿Yolis, qué te pasa? te veo pálida ¿te han hecho algo? – preguntó Gumercindo Rodríguez con su voz  turbada, pues bien sabía que aunque era pequeña de edad, Yolanda sólo entristecía cuando algo realmente malo ocurría.

- Hay papá, ¡no me preguntes! -Balbuceó Yolis - hay una mala noticia.

-Vamos Yolanda, dime, ¿qué sucede?

-Chencha papá, se ha perdido. Tu vaca holandesa. Desde la mañana se salió del corral y no sabemos nada de ella, ya los muchachos se han ido a buscarla por todas partes, ya fueron de corral en corral, por el monte, por todos lados. Ellos dicen que seguro algo le pasó.

Gumercindo recordó el detalle del color de la vaca que había destajado y sintió como los trozos de res, que sostenía en las manos, se le atoraba en la garganta. Entonces miró su carro y gritó enfurecido

– ¡Diablos, era la Chencha!

 

 

 

 

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