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Aportaciones
Efemerides
7/5/1748
Nace Olympe de Gouges (1748-1793), autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, texto por el cual fue guillotinada en Francia.
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“-Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida... Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá... Está bien. Me parece recordar el principio.”
Hace algunos años, en un viejo mapa de Oaxaca descubrí que en la sierra norte había un pueblo llamado Luvina. Lo primero que se me vino a la mente fue el cuento de Juan Rulfo. Y no pasó por alto, ya que siempre me quedé con la idea de conocerlo, fuera o no, el pueblo que Rulfo retrató con la lente de su cámara, y principalmente con sus palabras.
Sin ánimos de menospreciar al señor aburrimiento que es vecino de la borrachita que siempre anda tomada, el IEEPO, ponga atención y escuche las instrucciones para aniquilar el aburrimiento.
Maestro o maestra, si va a realizar un trámite al IEPPO, primero desde que entre por la puerta principal observe las filas y trate de no pedir información a las secretarias que se vean mal humoradas. Es más certero lo que le dirán los que están ya formados.
Que costumbre la de las mujeres de comer chocolates.
Dulce, dulce, muy dulce. Amargo, amargo, muy amargo. Son los sabores antagónicos que se derriten entre los labios y transita por las venas enraizándose en el corazón.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco chocolates.
Mujeres grises de coraza estropeada compran pequeñas dosis cubiertas en papel plata o dorado. Las guardan como tesoros entre sus cofres grandes y vacios que cuelgan de sus hombros.
Cuando despertó, su sombra seguía ahí. Se incorporó lentamente y con los ojos desorbitados vió que, su sombra, sí su sombra, seguía recostada sobre su cama, inmóvil.
¿Qué pasó? No recordaba, abrió y cerró sus ojos, como si ese hecho le devolviera su sombra, sin embargo no fue así, su sombra seguía apacible, inmóvil, y él se quedó inerte como si los pies los tuviera clavados al piso, observando y sin lograr entender como su sombra, aquella inseparable compañera se había separado de él; porqué esa mañana lo había abandonado. Se tomó de la cabeza con ambas manos, y se sacudió cuando regresó la vista sobre su cama, la sombra ya no estaba, haciendo un esfuerzo empezó a moverse y lentamente hurgó por todos los rincones de su casa pero no logró hallarla.
Y cuando despertó, la difunta todavía seguía ahí. Gumercindo Rodríguez desconoció aquel cuerpo inerte, que había quedado desfigurado luego del tremendo impacto que causó su camioneta.
Parado y asustado miró a su camioneta humeante. La sangre esparcida, a media carretera, se le figura una mancha insaciable que avanzaba rápidamente hacia él por todo el asfalto.
Pensó que la mejor salida sería componer rápidamente su carro y dejar ahí el cadáver, después de todo no había testigos y su casa ya le quedaba cerca.