“Nadie está obligado a cooperar en su propia pérdida o en su propia esclavitud, la Desobediencia Civil es un derecho imprescriptible de todo ciudadano.”
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El primer domingo le tocó a mí gurú llevarnos en su camioneta a la sierra Juárez. Eran como las 11 de la mañana, cuando tocaron el timbre. Al salir era la cibernauta quien portaba, para variar, otro vestido colorido como los anteriores. “Lindo profesor le vinimos a raptar”, dijo.
Escribo porque de repente hay que escribir. Pasa que tengo un cumulo de textos, textos que he ido escribiendo en estos últimos días, textos que me exigen los comparta, textos que ya no quieren permanecer en esta fria máquina y quieren volar, ausentarse, dejar de pertenecerme y que otros ojos, otras manos, los lean, les acaricien...
Todos hemos tenido un amor secreto. A mis dieciséis años, cuando ingresé al bachillerato, me enamoré de mi maestra de química. Desde la primaria fui un alumno ejemplar, ya que tuve un promedio de calificación de diez. En la secundaria también permanecí en el cuadro de honor. Mi pasión por la química de la vida comenzó cuando tenía catorce años. Mi tío Pablo, quien recibía libros impresos en la ex-Unión Soviética, me dio a leer “El origen de la vida” de Oparin.