En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle.

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Política - Crónica
Escrito por Juan Manuel y Fabiola   
Domingo, 13 de Diciembre de 2009 09:56

Relato de un taller de medicina “alternativa”

I


Pero más de algún@ de l@s que leyeron la parte (I) de este relato cuestionará: “bueno, pero estos cuates nos cuentan la historia de una lucha por el rescate de saberes ancestrales y propios en torno a como sanar-nos, y nos comparten su gran admiración por esa resistencia, pero ellos siguen recurriendo –para sanarse- al sistema médico convencional, ¿cómo está eso? ¿Cómo podemos empezar a quebrar nuestras certezas sin ver claro que lo que nos proponen funciona?”.


Les platicaremos brevemente otra pequeñísima y quizás insignificante historia nuestra, esperamos sirva por lo menos para despertar dudas y alentar quiebres de certezas interiorizadas. Verán, hace poco la gripa –acompañada de infección en la garganta- nos llegó a toda la familia sin excepción, bueno somos sólo tres, a un@s más que a otr@s. A la mamá y al pequeño los atacó sin piedad; y en situaciones como esa, ella solía pararla con medicamento fuerte (inyecciones de anti-biótico). Habíamos conocido ya a Mary y Tina, de las que les hablamos la ocasión anterior, y ellas en algunos de sus talleres nos habían enseñado que existen anti-bióticos naturales, de hecho en uno de ellos nos enseñaron a preparar uno, el que lleva entre otros elementos, el ajo.  Nos habían regalado, además, un pomito de propoleo, el cual esta hecho principalmente de veneno de abeja.

Entonces decidimos no ir al médico y en su lugar tomar el anti-biótico natural. La decisión no fue fácil, ya que ella se encontraba ya muy enferma y nos preocupaba que el pequeño se pusiera peor: “Nosotros como sea” –nos decíamos- “¿Pero él? Es aún muy chico”. Además, hay que admitir que las certezas que hemos interiorizado sobre los medicamentos industrializados y químicos, acompañadas del descrédito y la desconfianza (también interiorizadas) de cualquiera otra opción, son muy fuertes, por eso, insistimos, nos costó mucho tomar esa decisión.

Como el propóleo tiene un sabor muy fuerte, lo acompañamos con miel de abeja. Tres veces al día nos tomábamos nuestra porción, poniendo mucha confianza y esperanza en lo que hacíamos y convencidos de que no basta con entender y decir que “sí, es cierto, tienen razón”; es necesario actuar, hacerlo.

El chamán rápido salió, ella y el pequeño tardaron un poquito más. Pero salieron también,… “¡Increíble, no puede ser!”, nos decíamos uno al otro, “tanto gasto, a veces humillación, y tanta agresión a nuestros cuerpos y ¿para qué? si podemos sanar-nos de una manera más natural, menos violenta, más humana, ¿para qué y por qué seguir ese otro camino?”; “bueno -nos contestábamos-, habrá situaciones en que es indudable que por ahora no contemos con más opciones –y quizás no las haya-, pero en estos casos relativamente más sencillos es verdaderamente increíble que sigamos manteniendo esas dependencias”. 

Pues así pasó. Pero ¿qué creen? Que como estábamos –estamos- en temporada de fríos y cambios climáticos bruscos, ella y él volvieron a recaer. Esta vez el pequeño y Único Dios del Viento se puso muy mal, muy grave. Un día ni siquiera quiso probar nada de comida, adelgazó y nosotros estábamos ya medios asustados. Mientras, no dejamos de darle su propólio y a sugerencia de Tina, le incrementamos la dosis, pues como es un anti-biótico natural no genera ningún problema colateral. También lo bañamos seguido con agua tibia y le dimos “fomentos” para bajarle las altas fiebres que llegó a alcanzar. El limón cocido como té fue otro remedio que tomó.

Dado que el pequeño estaba inscrito en una Guardería Pública –en la idea de que comenzara a relacionarse con otros pequeñines-, requeríamos una receta médica para justificar su inasistencia. Lo llevamos con una médica de Simi (Consultorio de Farmacias Similares); estaba muy mal y le recetó tres medicamentos, entre ellos anti-biótico en inyecciones. Decidimos no comprar los medicamentos, confiar en lo que estaba tomando y aguantar unos días. Pues aunque a alguien le pueda parecer “choro” (verborrea), el pequeño se recuperó. Así pasó…

II

Los talleres llevados acabo en la comunidad  de Tenexpan, Municipio de San Pablo Huitzo (Valles Centrales de Oaxaca), a parte de que salvan del olvido el gran conocimiento de nuestras raíces, de nuestros ancestros, son espacios de compartencia, donde todas compartimos nuestros saberes sin que el dinero y el lucro tengan asomo alguno.  Las madres Tina y Mary, coordinan y nos comparten su inmensa sabiduría y experiencia.

Se llevan acabo un día a la semana, se explica sobre la enfermedad a conocer: por qué da, los órganos o partes de nuestro cuerpo que real o aparentemente daña, sus síntomas, como podemos prevenirla y, por supuesto, como tratarla sin químicos farmacéuticos. Todo esto de una manera sencilla y en un ambiente de convivencia sana y festiva con las señoras de la comunidad, quienes también comparten sus conocimientos  obtenidos  de generación en generación y de la experiencia de los años en su vida cotidiana.

“Buenas tardes  -comenzó con su acogedora voz la madre Tina-, bienvenidas, gracias por estar nuevamente acá con nosotras y mantener vivo este espacio. Comencemos por recordar cuáles son las enfermedades más comunes en esta temporada del año”. Un aprender para “el hoy” no “para el mañana” como es en las escuelas –de cualquier nivel y tipo-. “Hay, pos la gripa” dijo inmediatamente una de las asistentes; “La tos” dijo otra, “Las anginas también madre”, complementó otra de las señoras de la comunidad que asistió. “Bien -prosiguió Mary-, ¿y cómo le hacemos comúnmente para tratarnos esas enfermedades?”. “Híjole, pos ya saben ustedes cómo, corremos a la clínica a ver al doctor y pos nos recetan pastillas o inyecciones, y ya”. “¿Y cuánto nos cuesta eso? –Prosiguió Tina-”, “ummm! No y esperece madre -interviene otra de las señora-, a veces no es uno sino toda la familia, y a veces se cura uno un ratito, y ya vuelve de nuevo, o a veces se complica, no, no, para que les sigo contando”. La respuesta quedó en el aire, pero para todas las allí reunidas era muy obvia.

“¿Y cómo las tratan en el hospital o el consultorio, las atienden luego, luego? –Volvió a provocar Tina-”. “¡Hay madre! les cuento yo lo que me pasó el otro día, verán que me enfermé y hay voy corriendo a la clínica, porque no tengo para pagar un particular, estoy las horas esperando, yo bien enferma que me sentía ¡hay no madre, virgen purísima, decía, ¿a qué hora me van a atender?!;  que les cuento, no van ustedes a creer, pero ya que me logre entrar, el doctor no me dejó sentarme cerca de él, casi ni me miró a los ojos y muy pocas cosas me pregunto, yo hasta dije: ‘va, no será este adivino o qué’…”

“La pregunta es –intervino Mary- ¿qué no hay otras opciones? o, ¿Cómo se curaban nuestros padres, abuelos y bis-abuelos cuando no había doctor ni clínicas?, incluso, ¿Cómo es que ellos llegaban a vivir hasta más de 100 años y nosotros ahora no llegamos ni a los 70 u 80? ¿Cómo y por qué hemos perdido esos modos de sanar-nos?” (…) Y así se entraba a la parte más profunda y motivante de estos talleres. Luego, se pasaba a “la práctica”, esto es, a la preparación de alguno o algunos de los remedios naturales útiles para alguna de esas enfermedades recurrentes en los fríos inviernos. En ese momento, y de modo paralelo al trabajo práctico y colectivo, entraba la reflexión en torno a algún problema  local, nacional o, incluso internacional, lo cual volvía aquella reunión en una verdadera escuela de la vida, que nos recuerda que formamos parte de un planeta y de un universo (…)

III

A pesar de la avasallante cultura dominante, y que toma formas específicas en cada lugar, existen personas que ayudan a sanar-nos de otras maneras. Incluso, hay quienes de un modo sorprendente retoman elementos de las varias opciones y maneras que hay de sanar, y les funciona muy bien. Pero eso no es suficiente, aún y cuando esas personas hereden sus saberes a algún familiar; lo importante, por apuntar a la ruptura,  es romper con esas separaciones absurdas que posibilitan la construcción y el enraizamiento de relaciones de poder-sobre, o sea, relaciones de dominación, de explotación y de violencia sistemática contra nosotr@s mismas y contra nuestra Madre Tierra, como las que se establecen entre el o la que sabe y el o la que no sabe. En este caso, entre el (o la) médico y el “paciente”; entre el o la curander@ y el(o la) que acude a aquel(la).

Oaxaca, en ese y en muchos otros sentidos está en movimiento, y que nadie lo dude. Los gérmenes de otras relaciones sociales, distintas y mejores a las que vivimos, están surgiendo (…) ¡salud por eso!

 

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