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Ponemos a su disposición el libro "Lo vimos, lo vivimos. Oaxaca 2006". Un libro surgido del Seminario de Periodismo Creativo organizado por Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca, en colaboración con la Universidad de la Tierra en Oaxaca y Swarthmore College, Estados Unidos. El libro contiene textos de personas que formaron parte directa o indirecta del movimiento social en Oaxaca, donde narran su historia vivida a ras de suelo en el 2006.
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Para muestra, a continuación uno de los textos del libro:
La televisonia consentida y la ciudad de la verde antequera
Fabiola Giselle De la Cruz Frías
Era ya de noche y como de costumbre la familia Pin Güin, después de sus actividades diurnas como el trabajo, la escuela u otras, se reunía en la sala de su casa, frente a una caja que llamaban “televisonia”. Ésta mostraba programa tras programa que, aunque ridículos y la mayoría copiados de países extranjeros, entretenían mucho a esta y a otras familias de esta pobre nación pingüinesca.
Hay que decir que la familia Pin Güin no era muy distinta a las demás, ya que estaba conformada por la mamá pingüis, a la que llamaban “La Doña”, cuatro pingüinillos y la Consentida. Una característica muy común en la sociedad urbana de aquella época, donde las familias ya no mantenían lazos de unión y solidaridad tan fuertes como antes. Mucho menos podríamos hablar de familias extensas, pues como ésta y muchas otras ni siquiera con la figura paterna contaban ya. La diferencia con las otras familias la hacia La Pingüinita, quien además de ser un poco chiquita y tener aletitas y patitas cortas –en comparación a otras pingüinitas–, tenía unos ojos grandes y muy simpáticos. No sólo eso, tanto por su modo de ser como por su manera de vestir era considerada por la comunidad como rara y/o extraña. Y es que no debemos olvidar que nuestros personajes vivían en una sociedad que juzgaba y etiquetaba a sus miembros más por la apariencia que por la forma de ser. Imagínense, nuestra pingüinita usaba ropa negra, escuchaba música gótica, se la pasaba tomando café todo el día,... cuando “lo normal” para una pingüinita de su edad era salir a la disco, vestir a la moda, lucir coqueta, leer revistas de “taranovelas” (de las que pasaban por el televisonio), beber caca–cola light, etc. En fin…
Volviendo a la sala de la familia Pin Güin, donde todas las noches se reunía para ver a la televisonia, al final de las horas y horas depiladas frente a la caja esa, se trasmitía el noticiero. Entre el mar de verdades mentirosas que en él se decían, una llamó la atención de la pingüinita hija, la Consentida porque era la única: “al sur del polo se viven momentos de angustia y desorden –comentaba el león marino que (des)informaba–, ya que un grupo minúsculo de vándalos, delincuentes y demás, hacen de las suyas en las calles de la Ciudad de los Focos. Los hoteles, los comercios y las instituciones permanecen cerradas por temor al saqueo y la destrucción que realizan estos focos sin razón ni sentimientos. El desempleo y el hambre comienzan a azotar estas tierras…”. La manipulación de imágenes junto con este tipo de mensajes dibujaban un mundo de falacias e inexistente, pero al mismo tiempo funcional al orden establecido.
Se trataba de un movimiento social que había surgido a partir de la represión que sufrieron los maestros de miles de foquitos de aquellas tierras, quienes año con año exigen a los gobiernos incremento salarial, ya que los costos de los productos que consumen suben y suben y ya no les alcanza. Dado que las injusticias y los agravios del último gobernador –al que los focos llamaban Uro–hiena– sobrepasaron el límite de lo que cualquier ser vivo puede soportar, el levantamiento de los focos fue masivo e impresionante, como nunca había sucedido en esas tierras. Pero, obviamente, esto no lo dijeron en el televisonio, lo supieron después nuestros simpáticos personajes.
No está de más comentar que a diferencia de los focos y los pingüinos, las hienas siempre han sido consideradas por los otros seres como seres despreciables. Ya en la historia antigua se creía que los perros perdían la voz y los sentidos cuando estaban cerca de una hiena. Los árabes decían que quién comía los sesos de una hiena se volvía inmediatamente rabioso. Sin embargo, como todos los seres vivos, la hiena tiene su papel en la naturaleza: limpiar los lugares donde hay restos de animales (…) Gracias a la fuerza de sus dientes, las hienas pueden masticar los huesos más duros que han sido abandonados por otros animales carnívoros (…) Si no encuentra carroña, mata y come animales indefensos como focos y pingüinos. Es, además, muy cobarde ya que sólo caza en manada y sale a buscar comida por la noche. De ahí se explica mucho de lo sucedido en la ciudad de los focos, por ejemplo, la instalación de barricadas.
Pero, volvamos a nuestros personajes y a la noticia que llamó su atención, mejor dicho, sobre lo que se decía en la televisonia de lo que acontecía en la Ciudad de los Focos, quienes sobre el particular entablaron una conversación. Para empezar, sobre la imagen de uno de los supuestos dirigentes de tal movimiento y la crítica del reportero león marino: “sólo basta ver la cara de este sujeto –había comentado el susodicho reportero– para ver qué clase de focos participan en estos desordenes”. El sujeto al que se refería era una foca que los medios de comunicación habían convertido en líder, su aspecto medio chonchito pero con una barba grande y larga era mal vista por la “sociedad” de esa época.
“Sólo los delincuentes y vagos la usan así, no cabe duda que esa gente es desgraciada, ojalá el gobierno ponga ya orden o ¿Pa’ qué tiene el ejército?”, comentó con un rostro de furia e interrogación el miembro más pequeño de la familia. “Tienes razón papita –asintió la pingüinita consentida–, pero el ejército no, para eso está la policía”. “No mensa –dijo otro de los allí reunidos–, ‘pinches’ policías no sirven ni para atrapar una mosca ¿No ves lo tripones que están?”. Inesperadamente las risas hicieron retumbar las cuatro paredes que envolvían aquella reunión familiar. En eso los interrumpió la mamá, o la Doña como le decían: “Va mijos, ustedes tan tontitos no se ponen a pensar que también son seres vivos como nosotros, además, quién sabe si sea cierto lo que dicen de ellos en la televisionia”… En ese momento la pingüinita quedo intrigada ¿Y si en realidad no era verdad lo que se decía? “¿Si sólo nos están engañando a quienes vemos la televisonia?”, se preguntaba. Desde ese momento estuvo atenta a todo lo que se decía sobre ese tema, que en realidad no la ayudó mucho, pero tampoco tenía más opción que la mentada televisonia.
La pingüinita Consentida, quien a pesar de su manera de pensar y ser, trabajaba todo el día en una tienda departamental, no conocía ni contaba con medios alternativos de información, ni siquiera con amigos que tuvieran distinta forma de ver las cosas. Nada. De modo extraño y paradójico –dada su especificidad como pingüinita– creía en ese mundo engañoso, donde se les decía que entre más trabajaran mejor les iría y “un día” alcanzarían la felicidad plena, pues tendrían todo. Mientras esto último pasaba, “a trabajar duro”, a “luchar por el éxito” individual, ya que sólo los más listos lo lograrían… En fin, en ese mundo vivía su cotidianidad nuestra pingüinita y por esas razones creía todo eso; además, la repetición hasta la náusea de lo que en la televisonia se decía que pasaba en aquella ciudad, volvía verdades lo que eran mentiras (o medias verdades). Tal como otros seres malévolos lo habían aconsejado y practicado muchos años atrás, el caso de un tal Leónhitler es muy conocido por quienes un poquito leen de historia.
En una ocasión de esas tantas veces, también se comentó sobre una marcha por la paz, en la que algunos focos vestidos de blanco pedían a los focos maestros “revoltosos” que regresaran a clases. Se decían muy preocupados por la educación de sus hijos y de que fueran a perder el ciclo escolar. Dicha manifestación, según el televisonio, estuvo conformada por más de 500 mil focos; esto sucedió una semana después de que los focos inconformes habían sido agredidos cuando estaban en su plantón. “¡Guau!”, comentó la pingüinita Consentida, “ya ve madrecita, la gente está en contra de los revoltosos y por la paz, yo no entiendo por qué el gobierno no pone ya orden”. “No sé mija, tampoco entiendo ya muy bien. Ummmm, por la forma en que van vestidos no se ven tan jodidos y parece molestarles el sol, lo que me dice que mantenga mis sospechas en pie”, replicó la Doña. La pingüinita se quedo intrigada, pensando y observando las imágenes de la marcha, el silencio se apoderó de la sala junto con la noche y las palabras regresaron hasta el día siguiente.
Dos de los hermanos de nuestra pingüinita Consentida eran alumnos de primaria y secundaria, entonces cuando los leones marinos jilgueros, los de la caja idiotizante, afirmaban con tremendo coraje que por culpa de los maestros revoltosos y vándalos de la bella Antequera los pequeños de aquella ciudad se quedarían sin escuela, la familia Pin Güin también se enfurecía. La verdad, dicen los que vivieron todo aquel proceso de lucha, que esa marcha fue increíblemente menor, con no más de 4 mil participantes. Eso sí, hasta el helicóptero de una de las empresas que trasmite por la televisonia llegó a dar cobertura para que todo mundo se enterara y creyera que los focos y demás seres vivos de aquella ciudad y de aquellos pueblos estaban con el gobernador, el tal Uro–hiena. Días antes, se había organizado una mega–marcha a favor de los focos que estaban en pie de lucha, sólo que sin medios de (des)información y con más de 500 mil seres alzando la voz en las calles, por eso nuestra familia Pin Güin, como muchas otras, ni se enteraba.
Con esas “verdades” erróneas cargaron y cargan ésta y muchas otras familias del país de los pingüinos. Nuestra Pingüinita Consentida también cargó con ellas, pero sólo por algún tiempo, ya que en una aventura viajó a esa ciudad construida de verdes piedras (La Ciudad de los Focos) y tuvo la oportunidad de conocer "un poquito de tanta verdad". Recordemos que nuestra amiguita, la Consentida, era de aquellas que nada seguro tenían, porque en esos tiempos casi todos los trabajos eran por contrato temporal y con escasos derechos para los trabajadores. Así que como podían estar trabajando hoy aquí, mañana ya no porque se acabaría su contrato o porque la empresa hubiera decidido despedirlos sin más. De ahí que a nuestra pingüinita se le ofreció la oportunidad de viajar y sin dudarlo aceptó.
Estando ya en la Verde Antequera, conoció a algunos de los focos que vivieron aquel movimiento y ¿Cuál fue su sorpresa? Que había vivido en las tinieblas y que nada de lo que le dijeron por la televisonia que había pasado coincidía con lo que sus nuevos amigos le platicaron. Intrigada por aquél doloroso descubrimiento comenzó a hurgar más y en eso fue encontrando libros, fotos, música, experiencias personales y video–documentales. Uno de estos, de los primeritos que vio y que se llamaba “Un poquito de tanta luz (es decir, de tanta verdad)” la conmovió tanto que la hizo llorar mucho, pero mucho lloró la Pingüinita, mucho.
El compañero que con ella se aventuró y que le llamaban el Chamangüin intentaba tranquilizarla y entender tanto llanto de aquella consentida Pingüinita… “Por qué tanto lloras ‘mi niña’, ¿Te sucede algo?” pero sólo su mirada lo alejaba y seguía llorando. Después, ella misma contaba al Chamangüin y a sus nuevos amigos que había sido tanto su dolor y tanta su indignación, que ni contestar podía; pero era aquel un dolor extraño, difícil de explicar. Era una mezcla de sentimientos, entre el coraje, la impotencia, la indignación, el odio y la culpa. “¿Cómo es posible?” se cuestionaba con un llanto que le ahogaba y le hacía sentir un profundo vacío a su interior, “¿Cómo es posible que existan seres capaces de hacer tanto daño a otros seres, que en su naturaleza no parecen tan distintos?” seguía cuestionándose.
Pero su llanto no se debió sólo al dolor que sintió al ver y conocer tanta injusticia, tanto sufrimiento de sus vecinos focos, se debía también, y eso es parte de aquel episodio extraño, a aquella culpa que sentía de haber permanecido por tanto tiempo en las tinieblas, en una caja que atrapa y difícilmente suelta a quien en ella entra.
Desde entonces, con tremenda alegría y con un inocultable sentimiento de dignidad, ella dijo: “se acabó esta pinche televisonia consentida, se acabó”. A partir de allí nuestra Pingüinita Consentida y el Chamangüin, como muchos más, dan otro uso a la televisonia, ya no se tragan “los cuentos de hadas” ridículos e importados que por él trasmiten; buscan la luz y luchan para que otros también lleguen a encontrarla…empezaron con los seres más cercanos y más queridos, para así poder continuar con los demás. Es así como la pingüinita –ahora ya no tan consentida– sigue un nuevo camino con su compañero Chamangüin, pues llegó uno más, el Pingüinito Bebé, al que sus amigos de la Verde Antequera bautizaron como El Venceremos y lo nombraron así porque así de tierna y grande es la esperanza que en estas tierras se respira. Fin.
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