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Política - Crónica
Escrito por Raquel Gutiérrez Aguilar   
Sábado, 17 de Octubre de 2009 22:04

Para LuisGo y para Pedro

porque se los debo.

Crónica sensible

El 15 de octubre de 2009 miles y miles de hombres y mujeres trabajadores de México, principalmente del Distrito Federal, nos movilizamos en una enorme y belicosa marcha de protesta desde la Glorieta del Ángel de la Independencia hasta el Zócalo, antiguamente sede del poder político del país.

La movilización estaba citada para las 16:00, pero desde al menos una hora antes la Avenida de la Reforma y sus calles aledañas estaban abarrotadas de personas. Desde varias cuadras antes del lugar de la cita, al irse acercando, se escuchaba ya el bullicio que produce una multitud reunida.


Los que acudieron eran básicamente trabajadores electricistas y sus familias, acompañados de prácticamente todas las organizaciones sindicales y de trabajadores, de colonos y vecinos que todavía existen en nuestra república: los trabajadores del INAH últimamente tan agredidos iban con sus camisetas igualitas y su enojo a flor de piel; los agremiados en el STUNAM y en el SITUAM formaban contingentes más o menos nutridos con decena de carteles a cual más variopintos; diversas secciones del sindicato de mineros, golpeado brutalmente por la prepotencia del Secretario Lozano, acompañaban decididos a los electricistas. Estaban los maestros de la CNTE, se distinguían contingentes de la Sección IX y de la XI. Había también estudiantes: los del Politécnico se distinguían por su número y por su belicosidad. Estaba también la UNAM: estudiantes y pocos profesores, sin distinción de escuela se agrupaban entre la multitud. Aparecieron asimismo, con su contingentes compactos y belicosos, todo tipo de organizaciones sociales y políticas: desde el POS hasta auténticas reliquias como el MPI, un grupo no muy grande de la CNC y otras siglas que una podría haber considerado, esas sí, “extintas”. Unos cuantos grupos de militantes del PRD aparecían por entre las filas de quienes se manifestaban y se les dejaba pasar. El movimiento encabezado por López Obrador venía atrás, según dicen. Ese yo no lo vi.

Además y esto no es cuestión de soslayar, junto a la marcha, a veces dentro de ella compartiendo con algún contingente, a veces caminando a su lado se presentó en la manifestación una enorme cantidad de personas irritadas, enojadas, sin distintivo ni identificación que vinieron a la movilización por cuenta propia en grupos pequeños: se distinguían familias, grupos de amigos. “Gente”, mucha gente estaba en tales circunstancias. Esto daba a la manifestación un formato superpuesto: había partes de ella que hacían recordar las antiguas movilizaciones del movimiento obrero independiente, siempre “minoritario” en México, siempre a la defensiva: marcha de sucesión de contingentes compactos e identificados bajo algún formato gremial. Y sin embargo había otras amplias porciones de la larguísima columna que avanzaba desde Reforma hasta el Zócalo, que se parecía mucho más a las formas de aglomeración tumultuosa y diversa que se ha visto en otros países de América del Sur. Para decirlo en términos un poco más técnicos, hasta cierto punto en la manifestación del 15 de octubre se superponían y se imbricaban de manera confusa formas sindicales clásica y formas multitud de agregación y manifestación.


¿Qué decían los que se manifestaban?

En primer lugar había una gran cantidad de mantas y pancartas de los propios trabajadores del SME. Dos ideas básicas, a veces enunciadas de manera separada, a veces superpuesta se expresaban en ella: por un lado, “rechazo total a la extinción de LFC” o “defensa de los derechos laborales, del empleo y del salario” y, por otro, “apoyo total a Martín Esparza”. Estas eran en realidad las menos, pero claramente podían distinguirse pancartas con esta última idea como cuestión central. Por lo demás, incluso en los contingentes mas compactos y ordenados de manera gremial, los participantes, mayoritariamente varones aunque también abundantes mujeres, llevaban pancartas donde expresaban su irritado sentimiento e indignación. Desde sencillas y contundentes frases como “Calderón, devuélveme mi empleo”, hasta amargas y lapidarias sentencias que dicen mucho del sentir general de impotencia y frustración: “Calderón, maldito seas por siempre” rezaba una de las más rotundas. En torno a estos contingentes y, en general, a lo largo de toda la manifestación, llamaba la atención la presencia de quienes seguramente son familiares de los electricistas del SME, hoy despedidos por “extinción” de su fuente de trabajo: muchas personas jóvenes, e incluso niños, llevaban carteles donde expresaban su indignación por la manera en que están siendo tratados sus padres. Al igual que las anteriores, muchas de las pancartas consistían en ideas cortas lanzadas en interlocución directa con el Sr.Calderón: “Calderón: mi papá trabajó 30 años para darnos luz. ¿De qué va a vivir ahora que le robas su jubiliación?”, “Calderón: ¿Qué voy a comer yo ahora que mi papá no tiene trabajo?”. Había muchísimas pancartas improvisadas en cualquier pedazo de cartulina o cartón. El tenor de casi todas era parecido.

Por otro lado, entre los demás contingentes, los que no eran directamente trabajadores de LFC, había una gran cantidad de mantas de apoyo al Mexicano Electricista. “Apoyo total al SME” era la idea central de la mayoría de las mantas digamos “oficiales”, que además servían para identificar al contingente que la portaba y en varias ocasiones expresaba el agravio puntual que cada quien había sufrido. Sin embargo, quienes marchaban en esos grupos llevaban también pancartas variadas expresando sobre todo, su repudio indignado a la política gubernamental o explicando algo de su problema específico.

Ahora bien, si en las pancartas se expresaba la confluencia creciente de un rechazo enérgico a la política gubernamental, de un hastío profundo con el trato que prácticamente todos los trabajadores de México están recibiendo por parte de la actual administración; las consignas que las miles de gargantas coreaban durante la marcha exhibían un contenido un tanto distinto. Por un lado, una y otra vez se repitieron dos gritos: “SME, SME, SME” y la consabida y particular letanía de “Aquí se vé, la fuerza del SME”. Quizá esto responde a que desde al menos una semana antes del golpe de los empresarios que gobiernan México al patrimonio público de la nación -ocurrido la madrugada del 11 de octubre-, habíamos vivido, todos, una realidad mediática de tozudo linchamiento que había repetido hasta la saciedad que los electricistas de LFC eran lo peor que había producido el país. En cierta medida, acudir a la marcha y expresar una y otra vez, machaconamente, que nos consideramos amigos y aliados de los afiliados al SME era parte de la respuesta que entre todos los movilizados la tarde del 15 pudimos articular para expresar nuestra distancia y repudio a la realidad mediáticamente alterada en la que nos quieren sumergir los explotadores del espacio radioeléctrico mexicano. Gritar una y otra vez, “SME” y afirmar que “ahí se veía su fuerza” no era solamente expresar la solidaridad y simpatía con un sector de trabajadores organizados que si bien se ha mantenido como sindicato independiente, en más de una ocasión ha sido díscolo con otras luchas y desdeñoso de otras posturas; significaba, ante todo, decirle a Televisa, a Radio Fórmula, a TVAzteca y a la WRadio, entre otras, que todo lo que habían repetido durante los días anteriores era mentira. Ahí estábamos todos juntos, viéndonos, oyéndonos, sintiendo que había un país real, capaz de existir y de pensar con su propia cabeza, por debajo y en contra de los dichos e imágenes de sus serviles comentaristas a sueldo. Era como si cada vez que gritábamos “aquí se ve la fuerza del SME” oyendo el eco de lo que profería nuestra garganta repetido por miles y miles de otras bocas, lográramos salir de la esquizofrenia inducida por la televisión y las radios. Tenía un efecto terapéutico y lo gritamos y lo gritamos. Todos, muchas veces. Muchas.

Entre las otras consignas que se repitieron insistentemente a lo largo del camino de la protesta en una tarde linda, soleada y fresca, con nubes altas y llena de luz, destacan dos: “Si no hay solución, habrá revolución” que era gritada con ánimo y energía varias veces por miles de voces hasta atenuarse; así como una tonadita que, sobre el conocido ritmo de “sacaremos a este buey de la barranca” decía más o menos así: “Sacaremos a Felipe de los güevos, de los güevos sacaremos a ese güey” que era entonada una y otra vez, principalmente, por los contingentes electricistas más compactos. Además de esas dos, se repetían, de tanto en tanto algunas antiguas rimas de movilizaciones pasadas: “El pueblo unido, jamás será vencido”, “De norte a sur, de este a oeste, ganaremos esta lucha cueste lo que cueste”. Estas dos consignas dan pena porque no expresan verdades directamente perceptibles: últimamente, cuando hemos sido capaces de lograr cierta unificación para levantarnos nos han aplastado militarmente -y ahí está Oaxaca para testimoniarlo- y no hemos “ganado” una lucha importante hace bastante tiempo. Quizá desde que los pobladores y vecinos de Atenco descarrilaron el negocio aeroportuario de Fox, su familia y sus amigos.


¿Qué pasó en el Zócalo?

El contraste entre la marcha y el mitin fue abismal. No puedo decir a qué hora comenzó el mitin pues cuando ingresé al Zócalo por Madero, en medio de un grupo de universitarios de la UNAM, alrededor de las 18:00 alguien ya estaba hablando por un micrófono desde un templete colocado enfrente de Palacio Nacional, hacia el costado sur de tal acera. Desde Catedral se divisaban, además de una enorme manta del SME, banderas del PT que expresan la alianza que se está intentando. Como estorbo en la escenografía de la impostura había hacia una esquina las cuatro enormes y conocidas figuras de Marx, Engels, Lenin y Stalin que trajeron los mal-llamados comunistas o el FPR. Chocante. Desagradable.

La amplia explanada del Zócalo se veía más o menos llena aunque rala, había espacio entre los distintos grupos de personas ahí congregadas. Sin embargo, faltaban más de “dos horas” de personas entrando al mitin. Los últimos contingentes llegaron a ese destino casi a las 20:30. La gente reunida en el Zócalo de dispersaba en cuanto llegaba y se formaban grupos de diverso tamaño. Algunos conversaban entre sí, otros se sentaban, compraban algún refresco y sólo ponían atención cuando hablaba alguno de los oradores “importantes”, de los que tienen capacidad de fijar posición; a los oradores “de relleno”, como el Secretario General de los Trabajadores del Poder Judicial del D.F., por ejemplo, casi nadie les hacía caso y ellos, a su vez, se limitaban a manifestar su “apoyo total al SME en su lucha”. No se sentía el vigor que había retumbado durante la marcha, la energía se diluía. Eramos un conglomerado vasto de gente esperando a ver qué “se decía”. Eso éramos en el Zócalo. Ya no una serpiente en movimiento, animándonos unos a otros, sino centenas de pequeño grupos en actitud de espera.

Así estaba armado el escenario, replicando una vez más lo que casi siempre ocurre en México: se establecen casi de manera automática una serie de escalones jerárquicos: hasta abajo los que marchamos y no hablamos, los que somos convocados a “apoyar” lo que deciden otros; en medio los que están ahí para aparentar pluralidad y, en el caso del mitin del 15 de octubre, para reforzar en esta parte del evento, el formato de “movilización del sector organizado de los trabajadores mexicanos”. Finalmente están los que tienen -o pugnan por tener- el monopolio de la voz de los movilizados. En esta ocasión, curiosamente, estaban ahí reunidos todos y , hasta cierto punto, tuvieron que confrontar sus posturas de cara a la propia gente congregada. Entre estos últimos escuché, de viva voz, a dos de ellos: Porfirio Muñoz Ledo y Hernández Juárez. No aguanté más. Sabía que la posición que expresaran tanto Martín Esparza como López Obrador las podría leer al día siguiente en algún periódico.

Muñoz Ledo, el decrépito Secretario del Trabajo de Luis Echeverría, fósil de la política mexicana desde hace cuatro décadas, hizo gala de su sagacidad para entender cómo se manipula una pelea. Diputado por el Partido del Trabajo, no tiene nada que perder. Decidió, entonces, asumir una postura de aparente radicalidad. Propuso cuatro cosas muy aplaudidas: no pagar el recibo de la luz pues no hay ninguna empresa a la que pueda hacer el cobro; discutir si es posible organizar una “huelga general”; continuar con las medidas legales de impugnación a la decisión del gobierno (la controversia constitucional y los amparos) y, la más aplaudida de todas, buscar la “salida” de Calderón -eso si, por vías institucionales. Su consigna: “el SME se queda, Calderón se va” causó cierto revuelo y la gente le respondió coreándola. No están mal las ideas, lo malo es de quien vienen. ¿Cómo creerle a ese viejo felino de la política mexicana que ha estado en todas las derrotas populares y él ha salido ileso? ¿Cómo no indignarse ante ese diablo vendiendo escapularios?

Hernández Juárez, el viejo “para-charro” de los telefonistas, dirigente de la UNT y hoy diputado por la parte más blanda del PRD, fue un desastre todavía peor. Con entusiasmo informó a los congregados que “ahora sí” ya se habían iniciado los pasos en la Cámara de Diputados para avanzar en la controversia constitucional. Esperó una ovación y no la obtuvo, si acaso algunos tímidos aplausos desparramados por aquí y por allá. Se notó cierto desconcierto en su discurso y lo único que atinó a decir para concluir su intervención fue que no debíamos dar “ni un voto al PAN”, que fue igualmente coreado con desánimo en algunos lugares. Fin de sus palabras. Increíble: el dirigente de una organización de trabajadores y actualmente diputado no tiene nada que decir a la gente que ha perdido su trabajo por la arbitraria decisión de un dictadorcillo de utilería y a la que estamos soportando la crisis, en términos tácticos, más allá de que esperen a ver qué se puede hacer desde el congreso y en las próximas elecciones. La fisura entre el México bronco, digno, trabajador y muy enojado que ayer tarde amenazó con volver a aparecer en calles y plazas; y esos dirigentes y políticos de décadas pasadas, acomodados, temerosos y nada fiables se visibilizó tan claramente como la bandera gigante que ondeaba alegre sobre nuestras cabezas con la fresca brisa de octubre.


En este movimiento las cosas no están dichas. Eso me quedó claro. Hay mucha mucha rabia a flor de piel en el México de abajo. Hay cansancio y hartazgo por lo que pasa. Hay, asimismo, grandes dificultades por delante; la primera de las cuales consiste en quitar de una vez por todas, a esa nata de pseudo-dirigentes que dificulta y traba la iniciativa obrera y popular.

El antagonismo que fractura México desde hace más de 3 años se está desplegando nuevamente. Conviene hacer una analítica sobre ello y estar atentos.

 

 

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