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LA COLUMNA ROTA
La emoción de saberlo fuera inició un día antes de su liberación. Las preguntas se agolpaban con emociones que se encontraban haciendo reír, llorar; ansiedad producida por el temor de que en cualquier momento alguien llegara y dijera que no saldría. Cualquier cosa se podía esperar por lo entrampado que estuvo siempre este caso. Las cuatro de la tarde del 17 de febrero finalmente le enviarían la orden al juez para que lo liberara. Y entonces inició lo más inquietante…
La espera. Una noche más sin él, cuando pasaron 492 en prisión. La ansiedad generó falta de sueño en toda su familia, era como esperar lo que parecía imposible que llegara: la libertad física, el esposo de vuelta en casa. Finalmente se iban a terminar los días tristes sin papá, lejos de los eventos escolares, la sonrisa real regresaría, dormir en casa, sentir la protección del hijo cerca, el hermano iba a volver, el amigo de luchas regresaría a acompañar las marchas, la voz que intentaron callar, la injusticia que todo un aparato de poder cometió contra todos principalmente con Juan.
No era algo sencillo, fue exactamente como el día que lo agarraron: un coctel de emociones, el miedo a lo que venía, miles de preguntas agolpadas sin encontrar respuestas; luego de ello, los interminables días sin él, sufriendo todo tipo de situaciones desde la organización para ir a verle, el reacomodo a la vida sin su presencia, la soledad de la cama las interminables noches sollozando para que el resto de la familia no escuchara el llanto franco y sufrieran más.
Los días en el penal durmiendo a su lado en una pequeña celda con el temor de la edad temprana de escuchar situaciones poco entendibles para los pequeños corazones de sus hijos, el dolor de él a tenerlos en ese lugar durante los fines de semana y las vacaciones.
Pero finalmente eso el día 18 de febrero se iba a terminar, no hubo pruebas a pesar de que desde el inicio jurídicamente se probó que Juan ni siquiera había estado en el lugar de los lamentables hechos; cuando se ha probado que los policías con esas tan inconfundibles playeras rojas eran los que disparaban contra la multitud.
Su sonrisa de respirar libertad reflejó la sorpresa en su mirada cuando al salir del penal abrazado de su padre, su esposa, sus hijos, su hermana y abogada pudo observar la cantidad de gente que emocionada estaba esperándolo afuera, era tal el número de personas que ni su madre se pudo acercar a él en ese momento. La prensa enloquecida. Ahora sí, Juan Manuel era nota, había que tomarle aún después de que infinidad de veces se realizaron protestas fuera del penal, de los juzgados, para exigir su libertad. Pero en esos momentos él era una más de las estadísticas de notas locales que ya no se vendían. Pero hoy era diferente. La lluvia bendiciendo a cada uno de los que se encontraban esperándolo con el corazón henchido, e inició la marcha.
Tal vez para Juan Manuel y su familia la más importante, la de la libertad. Al llegar al Zócalo de la ciudad fue entonces que su madre lo tomó en sus brazos cuando ya nada le impedía hacerlo; el rostro de Juan, al igual que el de un niño, se llenó de ternura, de aquel amor que sólo esa mujer especial le puede entregar. Al fin libre y en los brazos de quien le dió la vida y a la cual el corazón se le partía viéndolo encerrado que ni siquiera podía ir a verle.
Y entonces Juan alcanzó, una vez más y en brazos de ella, la tan ansiada libertad; lleno de esperanza valorando si todo lo que pasaron juntos su familia, amigos y él lo pueda reparar quien lo lastimó tanto, y no pensando en el daño económico que le propinaron sino en todo lo que generaron al acusarlo falsamente.
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