“En la agonía de esta sociedad los periodistas son los heraldos del enterrador"
Fernando Vallejo, La Virgen de los Sicarios
"Cuando cayó el muchacho, el hombre se le fue encima y lo remató a balazos. Por entre el carrerío detenido (…) se perdió el asesino. El ‘presunto’ asesino como diría la prensa hablada y escrita, muy respetuosa ella de los derechos humanos. Con eso de que aquí, en este país de leyes y constituciones, democrático, no es culpable nadie hasta que lo condenen, y no lo condenan si no lo juzgan, y no lo juzgan si no lo agarran, y si lo agarran lo sueltan… la ley de aquí es la impunidad".
La cruda descripción del asesinato es un pasaje tomado de La Virgen de los Sicarios, la novela de Fernando Vallejo en que retrata los límites a los que había escalado la violencia en su natal Colombia. La crudeza de sus narraciones, que desde nuestro país la imaginábamos como un ejercicio de ficción literaria o, en el mejor de los casos, como una realidad muy lejana, ahora los mexicanos comprobamos cotidianamente que esa violencia nos ha alcanzado; hoy ese relato lo encontramos diariamente en los noticiarios.
Y, si hasta hace algunos años, Oaxaca era envidiada porque, más allá de sus rezagos ancestrales y conflictividad social, era una entidad segura, en donde se podía transitar con tranquilidad por las calles de sus ciudades o visitar sus poblados, ya no es así.
Tan sólo en lo que va del 2009 la violencia, con toda su crudeza y dramatismo, se presentó en espacios abiertos, públicos, a plena luz del día y ante el estupor de quienes realizaban sus actividades cotidianas. Los hechos más conocidos son: el asesinato de Aristeo López, exjefe de la policía municipal; la incursión en un bar de un comando que destrozó las instalaciones a fuerza de balas; una bailarina asesinada en un table dance; y el ataque a policías en la carreta Oaxaca-Istmo.
Desafortunadamente no son los únicos casos. Al revisar la nota roja de los periódicos, se puede apreciar que se han incrementado, que si antes en esa sección encontrábamos reportes de robos, accidentes, pleitos, violencia intrafamiliar; ahora se llenan con notas sobre crímenes, robos de mayor envergadura, secuestros, desapariciones, balaceras; incluso delitos de delincuencia común o los conflictos intrafamiliares son mas virulentos. Es la nota roja la constancia impresa de la descomposición social que esta derruyendo a la entidad; el testimonio sombrío de los límites de la miseria humana.
Lo más grave es que a fuerza de su repetición, los hechos violentos van tomando carta de naturalidad en la sociedad oaxaqueña; la indignación, el estupor, la protesta, que antes eran la respuesta a las manifestaciones de violencia, ahora se dan cada vez más tímidamente, reflejando la involución generalizada de la vida política-social de la sociedad oaxaqueña. Como dijera el periodista israelí Gideon Levy, al comentar la reciente incursión del ejército israelí en Gaza y la violencia terrorista de Hamas: “nuestros corazones se han endurecido y nuestros ojos se han nublado”.
Aparejado con ella, como causa y consecuencia de la violencia, vemos una progresiva desaparición de la moral en la vida política del país, aquel fenómeno que, según Albert Camus, precede siempre los cataclismos históricos.
Varios historiadores coinciden con ello. Ikram Antaki, en el Manual del ciudadano contemporáneo, se vale de las décimas de Tito Livio para analizar la decadencia de Roma; y es que el historiador romano describe una situación muy semejante a la que se vive ahora en México y en Oaxaca, para ejemplificar como ese desapego a la ley, la impunidad, la debilidad institucional, la mezquindad y corrupción de gobiernos y políticos, pronto se vio reflejada en la violencia en las calles, en la inseguridad pública, en el incremento de problemas aparentemente tan triviales, como los del tráfico vehicular, pero que eran muestra de que la ley, el orden, el acuerdo, estaban rotos.
Es la imagen de un régimen que se muere y, con él, la clase que lo ha construido, señala Antaki, al concluir que esa violencia no es sino síntoma de la descomposición política y social.
Por eso es necesario que la sociedad condene, proteste, se indigne, contra toda manifestación de violencia. Venga de donde venga. Lo mismo la que proviene del crimen organizado; que la oficial, la represora, la que viola derechos humanos. O la política, aquella que, incapaz de resolver diferencias pacíficamente, utiliza la fuerza para prevalecer; o la que condena a la niñez a la ignorancia para defender sus cotos de poder. O la que, con los más distintos intereses, busca acallar la libertad de expresión. Lo mismo aquella que derrama sangre y muerte; que la estructural, que mata de miseria y hambre a miles. Y en el caso de Oaxaca, parece ser una combinación de todas.
Es necesario también que la sociedad oaxaqueña y la mexicana exijan resultados a las autoridades; y eso va más allá de participar en manifestaciones, requiere usar otros mecanismos como el voto mismo o innovar las formas de exigencia social.
Ante la violencia desatada y la lamentable pérdida de vidas, habría que recordar un fragmento del poema de John Donne: “La muerte de cualquier hombre me disminuye/ puesto que estoy implicado en la condición humana/ Por lo tanto, nunca busques saber por quién doblan las campanas/ están doblando por ti”.
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