En lengua guaraní, ñe’~e significa “palabra”
y también significa “alma”.
Creen los indios guaraníes
que quienes mienten la palabra,
o la dilapidan, son traidores del alma.
Eduardo Galeano,
Las palabras andantes
Dice Luis Villoro que los griegos, antes de definir al hombre como “animal racional”, lo llamaron zoon lógon éjon, lo que en griego significa "animal provisto de palabra” Es decir, que antes de definir al hombre como racional, lo identifican como hablante. Toda la filosofía griega, por ejemplo, es una filosofía del lenguaje. Esto nos da una primera aproximación a lo que una cultura que alcanzó un cierto grado de desarrollo pensó sobre el hombre y su arma principal: la palabra.
Entre las culturas amerindias, podríamos decir esto mismo, pero de forma totalmente diferente. En sus obras sobre filosofía maya, Carlos Lenkersdorf plantea el estudio de la filosofía de estas etnias de Chiapas a partir de su lengua. Lenkersdorf expone cómo desde las “palabras-clave” se puede conocer un tanto de la “cosmovisión” (si bien este autor alemán tojolabalizado acuña el término “cosmoaudición”), la visión y la audición del mundo de esta cultura. Los occidentales han basado su filosofía en la visión y en el “yo” (recordemos el “[yo] pienso, luego [yo] existo” que constituyó lo que los europeos llaman la filosofía moderna); los indígenas mayas, por el contrario, a partir de la audición y de las palabras nosótricas (esto es, las palabras basadas en el “nosotros”, -tik, en tojolabal)
Mucha de la interpretación, de la concepción del mundo, está en el lenguaje de los humanos, en sus palabras, pero no sólo en su estudio sintáctico y/o semántico, sino también en su pragmática lingüística (la pragmática, en la filosofía del lenguaje, estudia a las palabras en su contexto, en sus intenciones y finalidades).
¿Pero qué pasa si las palabras son robadas, encubiertas, ultrajadas, falseadas, engañadas?
Las palabras no sólo “significan” algo, también la intención con que se usa una palabra tiene una repercusión. Por ejemplo, la palabra “izquierda”, es usada a diestra y siniestra por un universo de políticos, organizaciones sociales, etcétera. Eduardo Galeano explica esto mejor:
A veces siento que nos han robado hasta las palabras. La palabra socialismo se usa, en el oeste, para maquillar a la injusticia; en el este, evoca al purgatorio, o quizás al infierno. La palabra imperialismo está fuera de moda y ya no existe en el diccionario político dominante, aunque el imperialismo sí existe y despoja y mata. ¿Y la palabra militancia? ¿Y el hecho mismo de la pasión militante? Para los teóricos del desencanto, es una antigualla ridícula. Para los arrepentidos, un estorbo de la memoria.
Un “estorbo de la memoria”, dice mi gran maestro Galeano. ¿La memoria estorba? A los arrepentidos, sí. Porque la “memoria duele y enseña”, agrega el escritor uruguayo.
¿Por qué traicionar a las palabras?
Por ejemplo. Leo siempre en libros, en periódicos, en revistas, en discos, en carteles y todo eso, que el istmo ya no es el Istmo de Tehuantepec, ahora se llama Istmo oaxaqueño. Sí, podrán tal vez aquí echarme en cara todo un discurso de corrección geográfica. Pero no. ¿Por qué desaparecer a Tehuantepec de cualquier registro histórico? ¿No quieren que quede ni un poquito de la memoria del Istmo de Tehuantepec? A veces pienso que sí, que esta palabra les estorba. Tehuantepec les obstaculiza su discurso histórico, no saben en dónde meterlo, por eso mienten la palabra, y su intención no es ubicar precisamente al “istmo oaxaqueño”, presiento que la intención es otra: mentir la palabra.
Lo mismo sucede con el “traje regional”, que así le dicen ahora al traje de tehuana. Y presiento que aquí no puede haber un discurso de “precisión”, es decir, no pueden decir que cambiaron esa palabra para determinar su ubicación, porque ha de haber miles de “trajes regionales” en todo el mundo. Aquí, entonces, habría una contradicción.
La música es semejante. Ahora se llama “son regional” lo que antes fue el son tehuano. Y lo peor de todo es que decimos sí sin responder. Asentimos sin ningún pero saludable que nos devolvería un poco de nuestra dignidad. Los grupos musicales de Tehuantepec practican esa mentira, esa traición a la palabra, esa traición al alma, como señalan los indios guaraníes. “Bonito son regional”, dicen.
Las palabras son para ser dichas. Las palabras no son para encubrirse. Recuperemos nuestras palabras. Recobremos nuestra memoria.
Las intenciones de los que nos han robado la palabra sé no son científicas ni inocentes, nada inocentes. La intención es deshacerse de un estorbo de su memoria, de algo que no los deja ser, deshacerse de una mirada que los delata en toda su mentira. Eso significa para ellos Tehuantepec, eso es para los que intentan desaparecer hasta del vocabulario a nuestro pueblo.
Pero aquí seguimos. Vamos a recuperar nuestras palabras.
Comentarios
El istmo de TEHUANTEPEC vive.
Saludos y a "recuperar nuestras palabras". Bien dicho.
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.