Huele a pintura fresca: borran los grafiti. Son garabatos, dicen, son garrapatas, gargajos, groserías. Y borran raspan, cubren y recubren para que parezca que nada sucedió, que nada sucede. Sin embargo, ya no somos los mismos. Hemos cambiado. Bajo los grafitis y las pintas maquilladas resuena todavía el grito de miles de gargantas.

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La tierra lejana de las grandes preguntas* PDF Imprimir E-mail
Sociedad - Artículo
Escrito por Abraham A. Rasgado González   
Miércoles, 17 de Marzo de 2010 00:41

Si por eternidad se entiende, no una duración
temporal infinita, sino intemporalidad, entonces
vive eternamente quien vive en el presente.


Ludwig Wittgenstein

Tractatus logico-philosophicus (6.4311).

Voy a escribir sobre algunos pensamientos que tengo. No sé si alguien ya haya pensado estos temas antes que yo. En realidad no me interesa concursar por ver quién pensó primero algo. Me interesa pensar, reflexionar sobre las cosas que me afectan, sin preocuparme de más por lo que han hecho otros sobre las mismas cuestiones. Si tengo conocimiento de que otro autor ya se ocupó en algo de lo cual también escribo, lo diré sin ningún problema.

Este trabajo nada tiene de sistemático, en estos pensamientos no hay ningún método (no sé si alguna vez lo he tenido), y por ello mismo no estoy catalogándolos más que como pensamientos, si tienen algo de filosófico, me parecerá bien; si algo de antropológico, me parecerá conveniente también; si poético, mejor. Sólo quiero sentir-razonar y dejarlo por escrito. Para saber qué pienso en esta madrugada de febrero de 2010, a mis 27 años. Mañana tal vez voltee a ver estas letras como quien se pone a reconocerse en un viejo álbum fotográfico: qué vergüenza mi peinado, qué horror esa ropa tan anticuada, cuántos kilos menos, cuánto tiempo me ha invadido. No sé. Sólo deseo pensar, para no pensar en ti…

Sonidos de Tehuantepec

Últimamente, al hacer algunas incursiones en el terreno de la lingüística, me di cuenta que el lenguaje no sólo es sonido, sino es sonido y silencio, es una dualidad que, al juntar sus dos partes, dan vida al ente lenguaje. Le he puesto algún poco más de atención al silencio, porque, hasta hace muy poco, era yo silencioso en demasía. Me costaba trabajo articular palabras, la gente interpretaba de diferente modo este mutismo mío: timidez, soberbia, inseguridad, ignorancia y tal vez muchas cosas que no alcanzo a ver ahora. Me interesó lo que el silencio podía transmitir, la significación del silencio (naturaleza que bien mostró Luis Villoro), la pragmática silenciosa, fue lo que me llamó más mi atención para poner en ello mis pequeños esfuerzos intelectuales. Y lo he hecho, tal vez no con el tesón que se requiere, pero incursioné en un campo que sé muy pocos se han atrevido, y creo que he hecho (y seguiré haciendo) un digno trabajo.

Pero ahora estoy recordando los sonidos de mi pueblo. Son muchos. No haré  un recuento exhaustivo, y quiero tratar de escribir y describir los sonidos que hoy retumban en mi cabeza al recordar a mi entrañable pueblo.

Por las mañanas, los extranjeros que visitan Tehuantepec (y recordemos o sepamos que para los tehuanos son extranjeros todos los no-tehuanos) enloquecen con los aparatos de sonido que perifonean los productos o sucesos que los barrios ofrecen a sus vecinos: desayunos, tortillas, muertes, cumpleaños, festividades, algún que otro servicio social, etcétera. Ese sonido no me despierta a mí ni interrumpe mi sueño, pero da sentido a mis mañanas, mis tardes y mis días en mi pueblo, en mi barrio. No sé cuándo empezó ni cuándo terminará, no entiendo el significado étnico que pueda llegar a tener esto (si es que alguno tiene), sólo sé que esos sonidos han venido ahora a darle forma a mi manera de entenderme en Tehuantepec. Pero más que el simple perifoneo, lo que me recuerdo es en sí las voces que salen de esos aparatos. Su timbre tan particular, su entonación, sus eufonías y cacofonías que me tienen hoy añorándolos.

Por supuesto, la música es algo que da sentido a nuestro estar-en-Tehuantepec, pues tenemos una forma muy particular de entender la música y la creación musical en nuestro pueblo: nosotros plasmamos momentos de nuestra vida en comunidad en el pentagrama. Todas nuestras canciones significan algo más que mera inspiración, algo más que pura creación. No es movida la música tehuana, pero es algo que nos alegra el alma (sin pretender caer en un lenguaje ramplón). Hay mucha música que tiene, como un tipo de lenguaje, un momento para ser interpretado, y sin ese momento, no se entiende a la melodía. Mediu xiga es un ejemplo de ello. No se puede tocar esa canción sin dos novios que se estén casando. O al son Squipi, no se le concibe sin una media noche a cuestas. Decía un hijo de tehuanos, don Gabriel López Chiñas, “hay mucha música bella en todos los pueblos, pero nada es comparable a nuestros sones, los sones del Istmo, que se tocan en nuestros pueblos”. ¿Exagerado? No importa, lo reivindico, porque cuando canto sones tehuanos y sones del Istmo, bien que tiembla mi alma.

El tehuano que escucha nuestra música y no siente su ser más íntimo estallar, es porque tiene un cartón por alma (que dice el Sup’ Marcos).

Sonidos en mi pueblo hay muchos. Silencios también. Sólo hay que saber escuchar, para entender lo que Tehuantepec necesita. Escuchar.

Olores de Tehuantepec

Lo que el olfato capta en mi pueblo es muy variado. Hay olor a casa, cada casa tiene sus olores particulares, no sé, pero en Tehuantepec hay muchas viviendas que huelen a pan, sin ser panaderías. Llega el aroma de algún que otro altar (incienso), alguna comida a lo lejos. Las cenadurías se anuncian mejor con los olores que el aire y el humo transportan.

El río ya no da sonidos, pero da un olor que asquea. Ahora se ha convertido en un río escatológico. El mercado huele agrio, viví muchos años allí y bien que me recuerdo de su olor en general, y de los olores particulares que expide (no todos son desagradables, por supuesto). A veces siento que Tehuantepec huele a tristeza.

Colores de Tehuantepec

Traje de Tehuana.

El automóvil

Muchas personas consideran un coche como algo valioso, que les indicará progreso, que están avanzando. Yo no confío mucho en esa medida. Decía Iván Ilich que el mundo confunde algunas cosas. Confunden, por ejemplo, a la movilidad, al transportarse, con el automóvil (así como se reduce la educación a la escuela). Inmediatamente hacemos una asociación de ideas por demás desafortunada, es una falacia que nos han impuesto a base de anuncios publicitarios. Max Horkheimer en el trabajo que realizó junto a Theodor Adorno, Dialéctica de la Ilustración, decía que lo que mucho se anuncia es porque es en verdad de poca calidad. Que si Volkswagen gastaba mucho en publicidad, era porque sus productos eran de menor calidad que Mercedes Benz (que no se anuncia en ningún medio masivo jamás). Pero ahora transportándolo a algo más general, puedo llegar a pensar que, como caminar no se anuncia con bombo y platillo en los medios de comunicación, es mejor que tener un coche. Sólo que aquí cambiamos de contenido: el automóvil es un símbolo de “progreso” según la publicidad, y caminar es un signo de buena salud y de seguridad por estar alejado del peligro de morir en un choque, mas uno está expuesto a morir atropellado. Sólo siento algo raro cuando descubro a personas que se proyectan en un carro, que en verdad se sienten realizadas poseyendo o accediendo al uso de uno de esos aparatos en sí peligrosos para nuestra seguridad y nuestra salud. ¡Que Dios nos agarre confesados si algún día todos los seres humanos tenemos que adquirir un automóvil! Las carreteras serán tremendos estacionamientos, y no habrá persona que viva para contarla. (Pero tampoco me vengan a decir que por eso hay ricos y pobres, para que éstos no puedan comprar coches y no cooperen en la destrucción del mundo.)

Ecologismo


A veces me vienen a convidar a ser ecologista, a defender a nuestra Madre Tierra. Pero de vez en cuando siento que son poses de personas que andan a la deriva, sin rumbo fijo. Se escandalizan cuando oyen o saben que me gusta comer iguana o carne de venado o armadillo. “¡Son especies en peligro de extinción!”, me gritan a la cara, tratando de hacerme sentir culpable por mi poca conciencia ecológica. Me río de su ecologismo. Nuestros pueblos originarios, durante siglos, se alimentaron de esos animales, y nunca estuvieron en peligro de extinción. Siempre había un equilibrio en nuestra vida cotidiana. Pero “por aquí pasó el progreso” y trajo consigo muerte y destrucción. Un sistema es el mayor culpable (porque sí se trata ahora de buscar a ese culpable para desaparecerlo) de esa depredación sin control y me vienen a mí a querer hacer sentir mal. Una investigadora de la Universidad en la que ahora estudio, nos demostró que el 85% del agua que se desperdicia es culpa del gobierno, y que si todos los ciudadanos nos pusiéramos las pilas y ahorráramos toda el agua posible, sólo llegaríamos a ahorrar un 15% en nuestras casas, cuando mucho. Pero somos un pueblo que se crea culpas tan fácilmente. Los animales en peligro de extinción no son nuestra responsabilidad, porque nosotros no los matamos por diversión o porque nos estorban a nuestros planes de “progreso”, los matamos porque queremos vivir, porque queremos comer.

A la naturaleza se la defiende desde una idiosincrasia arraigada, no como un discurso de ocasión al que se le ocurrió adherirse a una niña bien porque fue lo primero que se le presentó (inscribirse en Greenpace) o porque es cool ser ecologista. Los pueblos indígenas sienten como parte de su ser a la naturaleza, no como un discurso frívolo y carente de contenido cultural, no como algo ajeno a su yo, o a su nosotros. Los indígenas sienten, sentimos, lo que la naturaleza sufre, y no necesitamos que nos vengan a decir qué sentir, porque, recuerden, amigos de pensamiento occidental, los indígenas hemos sido los primeros y más feroces defensores de nuestros recursos naturales. Cuando ustedes, ecologistas, sientan a la naturaleza como parte suya, en ese momento habremos avanzado mucho en el camino contra la destrucción de nuestra casa.

Desamor

“Y sin embargo te quiero…”

Heidegger

Para mí, a parte de su colosal filosofía, es un ejemplo de vida. Sus convicciones políticas tuvo y yo tengo las mías. No coinciden en nada con las de él. Pero yo admiro cómo entendió su vida en el mundo: nunca se alejó de su pueblo, siempre desde allí. Siempre llevando a cuestas su vida campesina, provinciana, como ser y no como accidente. Ser y tiempo. Sabía desde qué lugar del mundo estaba filosofando. Revolucionario en su forma de ser (como dice mi otro gran maestro Enrique Dussel), pues nunca cayó en la tentación de abandonar su forma de vida por el reconocimiento mundial (que de todas formas tuvo, disfrutó y padeció). No era bueno, tampoco era malo, era exactamente una persona. Un humano. 

Televisión

Decía Groucho Marx que él consideraba muy educativa a la televisión, pues cada vez que alguien la encendía, él se retiraba a otra recámara a leer un libro. La televisión se ha convertido (y no sé si fue creada con ese fin) en un instrumento de propaganda de los que tienen el monopolio del destino del mundo. A través de este poderoso armamento de idiotización masiva, se difunden los mensajes, las falsedades, que los patrones quieren que sus peones crean y sepan. Por este medio, nos transmiten la forma en que ellos quieren que nosotros los de abajo vivamos. Nos imponen un modo de vida: una forma de vestir, una forma de hablar, una forma de bailar, una forma única de pensar. Es el tiempo del pensamiento único, pues lo que sea visto como diversidad, es condenado como subversión y antinatural. Hegel lo decía en su Fenomenología del espíritu respecto de la filosofía, pero que también vale para lo diverso en cualquier campo de la vida humana; él decía que hay quien “No concibe la diversidad de los sistemas filosóficos como el desarrollo progresivo de la verdad, sino que sólo ve en la diversidad la contradicción”. La flor no contradice al capullo. La flor es la consecuencia de la fealdad del capullo superado. Y tenemos que contradecir esta negatividad que el poder nos ha impuesto. Nosotros no le imputamos un modo de vida a los de arriba, ellos sí nos quieren imponer su modelo ortopédicamente diseñado para tenernos sedados. Y la televisión tiene mucho que ver en ello.

La radio, últimamente, ha sido invadida también por los de abajo. Las radios comunitarias han comenzado a funcionar, socializando su papel y transmitiendo la otra palabra, el otro pensamiento del otro que no quiere aceptar que se le imponga el pensamiento único. La televisión será más difícil, porque es mucho lo que en ello está en juego: el poder político, el poder económico, el poder de decirle a los otros cómo deben vivir y pensar, y creo que a los que tienen estos poderes, no les hará mucha gracia perderlo o, por lo menos, compartirlo.

Los libros


Cuando un ser humano se ha cultivado leyendo, cuando ha accedido a múltiples lecturas, su horizonte se amplía, dicen, y es cierto, pero solemos confundirnos inocente y perversamente. Haber leído algunos muchos o pocos libros, nos da alguna cierta información del mundo y sus avatares. De su pasado y de su posible futuro. Pero también creemos que esos libros nos lo han enseñado todo. Creemos que nuestros padres, por no haber leído tanto como nosotros, ahora son dignos de indiferencia, de no-escucharlos. Su sabiduría va más allá de los libros. Parafraseando a un lingüista brasileño: muchos padres no son carentes de lectura, sino son independientes de ella. La vida y su forma de vivirla, les ha enseñado a leer nuestras vidas, las de sus hijos, en un mundo que nosotros no conocemos tanto como ellos. Los libros nos dan la información. La formación nos la dan nuestros mayores.

Intraétnico


Tehuantepec y Juchitán son dos pueblos que no se quieren. El origen de esa malquerencia se pierde en la niebla de los años. ¿Es una tendencia de la periferia que niega a la metrópoli? Porque Juchitán funcionó como periferia de Tehuantepec, así como tal vez Tehuantepec cumplió el papel de periferia de Zaachila, y ésta fue negada por aquél. Ahora Juchitán es una metrópoli de otros pueblos periféricos, y estos otros pueblos, sospecho, hoy en día reniegan de su metrópoli en turno. Tal vez es eso lo que ha enemistado a Tehuantepec (alta cultura istmeña) y Juchitán (la variante principal de la cultura tehuana).

¿Podremos superar esta diferencia que mucho daño nos hace? Tehuanos y juchitecos lo deseamos, pero nadie está dispuesto a ceder, la desconfianza es mucha, porque sospechamos de una situación en la que uno baje sus banderas de guerra y el otro lo aproveche para dar el golpe mortal. ¿Cómo superar esto? Que alguien me lo explique. Juntos conquistaríamos el mundo.

Wittgenstein

Ludwig Wittgenstein fue un ingeniero aeronáutico. Nació en Viena, Austria en 1889 (el mismo año que Heidegger). Fue alguien que pasó de la ingeniería a la fundamentación (el “por qué”) de las matemáticas, de ahí transitó a la lógica, y por último se ancló en la filosofía del lenguaje. Con una vida entristecida, tormentosa, fue alumno de Bertrand Russell en Inglaterra, país que adoptó como propio. Con muchas tendencias al suicidio; Russell decía que cuando Ludwig lo visitaba con algún manuscrito, se ponía a caminar como desesperado de un lado a otro de la pieza, y decía: al salir de aquí me voy a suicidar. En vida sólo pudo publicar, no sin muchas dificultades, su Tractatus logico-philosophicus. De forma póstuma se han publicado todos los demás libros que muchos conocemos de él. Entre estos libros está su Diario íntimo, en donde refleja exactamente su vida durante la I Guerra Mundial, sus tormentos, sus momentos de debilidad, su homosexualidad, es decir, su vida tan humana.

Wittgenstein renunció a su cuantiosa fortuna heredada de su padre, industrial del acero en Austria, y lo repartió entre sus hermanas y algún grupo de intelectuales. Él se retiró a vivir con monjes. Dio clases en Cambridge. Fue un gran filósofo, que pretendía trazar los límites de hasta dónde abarca el lenguaje, pues, decía en su Tractatus…, “lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar hay que callar”. Si algo se puede preguntar, también se puede responder, decía. Pero hay cosas que sólo se muestran, y no se dicen, como lo místico. Pero no porque no se digan no existen esas cosas, esas experiencias. Wittgenstein hizo un gran esfuerzo para clarificar el lenguaje humano, su naturaleza, sus problemáticas, sus ilusiones y alguna que otra solución. Creo que por una parte fue mal entendido y además él quiso lingüistificar radicalmente a la filosofía, desatendiendo o menospreciando a una filosofía de la realidad. Murió de cáncer de próstata en Cambridge, negándose a recibir atención médica. Sus últimas palabras fueron dirigidas a su médico: “Diles que mi vida fue maravillosa”.

§

Los pensamientos son golpes de razón, de emoción. Creo que los pensamientos deben ser siempre expuestos, aun sin método. Porque no todos tendrán la capacidad o la oportunidad de acceder a una formación educativa que les ayude a poseer una formación en el campo de la metodología, y no por ello se debe dejar de valorar esos pensamientos. La tierra lejana de las grandes preguntas no creo tenga un carácter elitista. No creo que haya un letrero en su entrada que diga “Prohibido pasar sin método”. Todos son bienvenidos, creo yo, en esta isla de la Diánoia, del logos, del diidxa. Con o sin método. El humano hace el colosal esfuerzo por palabrear los sentimientos. Esto es, por convertir en palabras lo que siente: una tarea ardua, de difícil satisfacción total. ¿Cómo no respetar ese esfuerzo? Ya habrá quienes, tal vez en un futuro, lo puedan sistematizar. No todo es razón instrumental, también debe haber una razón sentimental. Nadie puede negarle a alguien su derecho a sentir y expresarlo, y si pretende filosofar sobre esos sentimientos (incluso filosofar sentimentalmente), será igualmente válido, y doblemente, por la razón de que el sentimiento es de difícil predicción. ¿Pero cuáles son las reglas del “correcto filosofar”? ¿Quién pone e impone esas reglas si acaso existen? ¿Los filósofos de la ciencia, los lógicos, los ontólogos, los estetas; los europeos, los chinos, los indígenas? ¿Quién?

No se trata tampoco de desprestigiar o negar al método. Nada de eso. Sólo pretendo reflexionar un poco sobre nuestra apasionada militancia en el terreno de los sentimientos, lo latinoamericano, lo tropical, lo moreno. Sé que también podemos ser rigurosos en nuestras investigaciones filosóficas, pero no podemos enfriar todo como en la gris Europa. Pongámosle a la filosofía nuestro sentimiento latinoamericano. Veremos trabajos más humanos, más reales, más sensibles hacia nuestra situación como pueblos oprimidos. Veremos florecer un pensamiento filosófico de gran envergadura, que asombrará al mundo. Sea…


Desde los escombros de un departamento,

en Nonoalco Tlatelolco,

Cuenca del Anáhuac,

mi Tierra Prometida,

Abraham, “metido debajo de la cama,

no por miedo a que lo maten sino porque,

dice, una cama es demasiado grande cuando uno se está  solo.”(Sup’)

01 de marzo de 2010

 

 


*El título de la presente reunión de pequeños textos, lo he tomado de una carta que Martin Heidegger le escribió a su esposa Elfride; en donde le dice el gran filósofo germano a su entonces novia: “Tengo por delante una vida de gran valor, puedo arrojarme por completo sobre mis problemas sabiendo que tú permaneces junto a mí – me proporcionas calma cuando regreso de la tierra lejana de las grandes preguntas –”. Martin Heidegger, ¡Alma mía! Cartas a su mujer Elfride 1915-1970, edición, selección y comentarios de Gertrud Heidegger, Buenos Aires, Argentina, Manantial, 2008, p. 53.

 

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