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Existen temas que afectan a la moral pública, en el sentido de que la sociedad posee ciertos valores y creencias que considera inalterables, inmutables, incuestionables; es decir, dogmas que, como tales, se piensan origen irrebatible de una ciencia o religión o principio moral.
Un tema que ha agudizado las discusiones en los últimos tiempos (además de la despenalización del aborto) es la cuestión de la eutanasia. Pero qué es exactamente lo que se plantea con este concepto.
Eutanasia, etimológicamente, proviene del griego euthanasía ‘buena muerte’, que, a su vez, se descompone en eu ‘bien’ y thánatos ‘muerte’. (Corominas, 1973:261.) O “muerte suave, sin sufrimiento físico. Práctica que consiste en provocar la muerte o no alargar artificialmente la vida de un enfermo incurable, para evitarle sufrimiento o una larga agonía”. (Moliner, 1998: 1241.) Estas definiciones nos revelan que la muerte del ser humano debe ser digna, sin largas agonías, sin dolores innecesarios, en la mejor de las condiciones. Éste es un tema harto complejo, porque sería un error generalizar su implementación, ya que para su práctica efectiva, se necesita disgregar el caso concreto.
La eutanasia se clasifica de diferentes formas.
I. Eutanasia voluntaria. Esta modalidad nos indica que el paciente autoriza que se le suspenda el tratamiento terapéutico, el cual le prolonga la vida, o para que se lleven a cabo acciones (suministro de drogas) u omisiones (suspensión de tratamientos o el retiro de aparatos que sustenten su vida) que induzcan su muerte.
II. Eutanasia involuntaria. En este caso, el paciente no expresa su consentimiento para que le causen o le retarden la muerte. También se le puede llamar “muerte piadosa”.
Del mismo modo, existen subclasificaciones, las cuales ahora mencionamos.
a) Eutanasia activa. Es la acción positiva que causa la muerte del enfermo. Por ejemplo: La inyección de una sobredosis de alguna sustancia que provoque el fallecimiento, como puede ser el cloruro de potasio.
b) Eutanasia pasiva. Es la omisión o acción negativa que suspenden los tratamientos o medicamentos o terapias que alargan el proceso de la muerte.
Hay posiciones encontradas moralmente a este respecto. La defensa de la vida, el posible y esperado “milagro”, que hará que un enfermo terminal se recupere y viva otros años más para contarla, se desvelan como argumentos en contra.
En el año de 1997, la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos de América, resolvió dos casos de suicidio médicamente asistido, dando voz a diferentes argumentos éticos y constitucionales (Vacco v. Quill y The State of Washington v. Glucksberg).
La Corte hizo algunas diferenciaciones: 1) el derecho de un paciente terminal a recibir terapia calmante de dolor, aun cuando esa terapia pueda precipitar su muerte; 2) el derecho de liberarse de los aparatos médicos o de las terapias que extienden su agonía por no tener ninguna esperanza de curarse; 3) el derecho que el médico lo asista en su suicidio.
Lo que cabe resaltar de estos tres puntos, es que se establece un contraste entre a) que el médico mate al paciente, y b) que el médico permita que la naturaleza continúe su curso y provoque la muerte del enfermo. (Spector: 2003:181-203.)
¿Qué papel juegan los galenos en estos casos en que un enfermo se encuentra en fase terminal, en estado agónico, en cuanto a la moral y a su ética médica? Los médicos tienen la misión de preservar la salud, es cierto, de procurar la vida. Pero ¿Qué clase de vida? Es decir ¿qué calidad de vida procurarán? ¿Es sólo alargar la vida por alargarla? ¿O también es su responsabilidad el que una persona no sufra, y tal vez ese sufrimiento sólo se aliviará con la muerte?
La resolución de la Organización Panamericana de la Salud (órgano regional de la Organización Mundial de la Salud) OPS/OMS 613 indica: “Los moribundos y los enfermos terminales lo que quieren es morir en paz y dignamente, pero en compañía de sus seres queridos”. Una recomendación de los países europeos indica: “El prolongar la vida no debe ser en sí mismo el fin exclusivo de la práctica médica, la cual debe preocuparse igualmente por el alivio del sufrimiento”. Es decir, la esperanza de vida de los mexicanos es de 75 años para las mujeres y 72 para los varones. Es un promedio alto. Pero el número absoluto no muestra lo relativo a si las personas adultas mayores viven felices o atados a una cama o a una silla de ruedas. No se plantea la posibilidad de prescindir de las personas de edad avanzada, pero sí se pone a discusión la libertad de éstas (o de cualquier edad) para decidir su calidad de vida y, a falta de ésta, el término de la misma o su no prolongación deshumanizada e insensible. Inclusive, algunos plantean la situación de que hasta el último momento de la vida, debe ser vivido con dignidad. “No importa que [el paciente] únicamente vaya a vivir una hora: esa hora la tiene que vivir con dignidad”. (Lozano Dávila y Pérez Ramos: 2003:48.)
Una alternativa es la medicina paliativa, ya que cuando un paciente se encuentra en estado crítico, es trasladado a terapia intensiva (aunque vaya ya a morir), en lugar de administrársele medicina paliativa para que muera tranquilamente y para no causar más sufrimiento al enfermo y a su familia.
Matar y dejar morir, en todo caso, tienen connotaciones morales diferentes. Aunque, en muchos casos, la eutanasia pasiva (como en Países Bajos, a partir de abril de 2001, si bien entró en vigor un año después; Bélgica, a partir de mayo de 2002, y en Oregón, EEUU, que a partir de 1997 tiene una ley que permite el suicidio asistido) se permite. Los que “sostienen las mismas razones que llevan a justificar la remoción del sostén vital o la aplicación de analgésicos letales también justifican matar al paciente o matar o dejar morir al paciente como medio para obtener algún beneficio”. (Spector, Ídem: 196.)
Las ciencias médicas luchan contra la muerte, por un mundo sin enfermedades, pero la deshumanización de la medicina causa temor y alarma, pues, en este caso de los enfermos terminales, sólo intentan prolongar su vida, y no aliviar el sufrimiento, mismo que, como ya se dijo, muchas veces llega con la muerte. “En la actualidad, es posible recurrir a tratamientos para mantener a un paciente con vida cuando todo indica que su estado ya no puede mejorar y que —a fortiori— tampoco se puede curar. Este combate médico —obstinado e irracional— sólo se basa en una preocupación: mantener al individuo, prolongar la duración (cantidad) de su vida sin tener en cuenta las condiciones (calidad) de la misma”. (Hautecouverture, 2005: 14)
Pero como sostenía al principio, no se puede legislar a la ligera y generalizar irresponsablemente. Por ejemplo, en Francia, cuando se dio el debate sobre la eutanasia ante su hipotética aprobación legal, se propuso una comisión especial interdisciplinaria para analizar las particularidades de cada caso. Ellos proponían que se aprobaría la eutanasia en caso de que la medicina paliativa no surtiera ya ningún efecto para aliviar el dolor del enfermo. Los militantes pro-legislación de la eutanasia, arguyen las siguientes demostraciones para alcanzar sus fines:
a) La libertad de elegir la hora de su muerte es un derecho imprescriptible de la persona. b) Paralelismo entre aborto y eutanasia. La “interrupción de la vida humana” está vinculada a la incapacidad de la persona de soportar las consecuencias de la condición en la que se encuentran. (Hautecouverture, 2005: 32-35.)
Un caso que ha sido comentado recientemente es el de la francesa Chantal Sébire (La Jornada, 26/03/08 y 01/04/08): Su inútil batalla contra el Estado francés, que le negó la posibilidad de interrumpir su vida para no sufrir los horrores que proporciona la enfermedad que padecía: “un neuroblastoma olfativo, tumor poco común que al deformar el macizo facial produce dolores intensos”. (Kraus, La Jornada, 26/03/08.) Este caso debe ayudar a sensibilizar y tomar conciencia sobre esta situación. Chantal perdió la batalla contra el Estado francés, pero alguien le proporcionó la inyección letal para acabar con su sufrimiento. Es decir, no fue un acto irracional el de esta francesa al desear y pedir a su gobierno que le permitiesen morir, sino fue un acto de sensatez para consigo misma, y un ejemplo para la dignidad de la vida y de la muerte humanas.
En un trabajo sobre “Voluntades anticipadas”, el doctor Arnoldo Kraus, especialista mexicano en temas de bioética, señala:
“Son dos los pilares fundamentales de las voluntades anticipadas: 1) Cualquier persona tiene derecho a rechazar un tratamiento médico, incluyendo los que prolonguen la vida. El rechazo, idóneamente –esto sucede cuando existe una buena e inteligente relación entre médico y paciente– debe ser aceptado y cumplido por el médico que atiende al enfermo. 2) Cualquier persona tiene derecho a formalizar sus voluntades anticipadas. (…)
“En todos los instrumentos donde se expresan las voluntades anticipadas existen dos apartados donde se habla 1) de no prolongar la vida por medios artificiales –denominémoslo eutanasia pasiva, “dejar de hacer”– y, 2) de suministrar los fármacos necesarios para paliar los malestares aunque se acorte la vida –denominémoslo eutanasia activa, “hacer para precipitar la muerte”. (La Jornada 12/12/07)
La eutanasia pasiva es casi una realidad en México, lo que está ahora a discusión es la eutanasia activa. No se trata de aprobarla o rechazarla en general. Se recomienda un análisis particular de cada caso, como la propuesta francesa de una comisión interdisciplinaria que examinaría cada caso. Se deben analizar los factores sociales, económicos, morales, éticos, para tomar una determinación. Generalizar en este caso no será bueno (por muy generales, impersonales y abstractas que deban ser las leyes), y que, por ejemplo, podríamos siemre tomar en cuenta que la precaria situación económica le quita libertad y autonomía a las personas (argumentos que se esgrimen para justificar su legalización).
Después de tratar de analizar algunos conceptos, algunos enfoques bioéticos, es posible arribar a la conclusión, bastante personal, de que la eutanasia no es pero ni por asomo un crimen. Se trata de que un ser humano debe sentir como propio el dolor del otro. Se trata de que la vida no es sólo vida biológica, se trata de que el ser humano debe siempre, durante toda su vida (e incluso en la muerte) buscar la felicidad, y no creo que la felicidad humana se encuentre en el dolor extremo, injustificable, incurable. La ciencia médica debe avanzar de una forma humanizada, sin prescindir de las reflexiones sobre el dolor humano. Es cierto, la ciencia hoy puede alargar la vida, pero no con ello se puede asegurar una vida digna al paciente.
La buena muerte, que es lo que etimológicamente significa eutanasia, da en el punto central de este problema de filosofía moral o de ética práctica. Los seres humanos, los médicos en particular, deben procurar cambiar sus paradigmas esenciales, cuestionar sus dogmas, esas creencias que aceptan desde el principio de su formación profesional como axiomas supuestamente irrefutables e incontrovertibles. Hoy no podemos ni debemos aceptar que el ser humano, aparte de vivir en un mundo ya de por sí atroz, tenga también que despedirse de la vida con un sufrimiento más. Se tiene que procurar alargar la vida, sí, pero en condiciones dignas, lo más cercanas a la felicidad posibles. Y si no es dable, se debe procurar que la calidad de vida recompense a la poca cantidad de la misma, para que podamos estar seguros de que, por lo menos, en la muerte seremos felices junto a los que más sufren, que son los familiares y amigos.
La eutanasia activa debe legalizarse y reglamentarse con mucho cuidado, es un asunto, como el aborto, que no debe incluso entrar en terrenos religiosos ni de moral extrema. Debe tomarse en cuenta las opiniones de científicos, médicos, teólogos y laicos, de filósofos y de juristas, pero es una realidad que debe legislarse y despenalizarse. Porque el país debe asegurarse ser una república que cuide y procure la buena vida y la buena muerte de sus ciudadanos, siempre procurando la mayor felicidad para los más. ¿Es imposible hoy? Por algo se empieza.
* Filósofo.
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