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Lo admirable es que el hombre siga luchando y creando belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil. Ernesto Sábato.
Noticia histórica
En la primera mitad del siglo XX, México contó con filósofos muy talentosos, poseedores de una originalidad acentuada y muy osada: destacaron los del grupo llamado el Ateneo de la Juventud, entre ellos Antonio Caso, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Vicente Lombardo Toledano, etc. Con propuestas iconoclastas: se planteaban (y lo lograron) la destrucción del positivismo como soporte del sistema educativo y social del país, heredado del juarismo y el porfirismo.1
Todos ellos son nuestros grandes maestros de filosofía en México. Pero adolecían de falta de profesionalismo; eran abogados, si bien Henríquez Ureña era filólogo. Nadie se dedicaba a la filosofía de forma tan profesional.
Cuando a finales de los años treinta llegaron a nuestro país los maestros del exilio español (animados por el general Lázaro Cárdenas del Río), arribó en esas oleadas republicanas el filósofo hispano José Gaos.
El maestro Gaos venía ya precedido de una buena fama como traductor, puesto que en sus años de juventud llevó a cabo la admirable tarea, junto con Manuel García Morente, de traducir las Investigaciones lógicas de Edmund Husserl. Años más tarde, haría la colosal traducción de El ser y el tiempo, de Martin Heidegger.2 Ya en México, pudo desarrollar independientemente dos vertientes a parte de sus trabajos de traducción que no se detuvieron: la historia de las ideas en América (y en México de forma específica) y lo que él llamó la “Filosofía de la filosofía”.
Así, el doctor Gaos formó alumnos como Leopoldo Zea, originó una nueva escuela que se denominó Hiperión. Integrada por Luis Villoro, Ricardo Guerra, Emilio Uranga, etcétera; asimismo, influyó a Alejandro Rossi, Fernando Salmerón, entre otros; este grupo se dedicó a pensar la filosofía del mexicano que, lamentablemente, desembocó en una psicología social mediocre.
Aunque antes que ello sucediera, Villoro, Rossi, Salmerón, se distanciaron de su maestro abjurando de sus enseñanzas fenomenológicas, existencialistas e historicistas, para adscribirse decididamente en la entonces reciente filosofía analítica (o lo que sería una filosofía del lenguaje radical).3
Pero todo ello (es decir, los distanciamientos teóricos alumnos-maestro) no ha sido obstáculo para que se reconozca en Gaos a alguien que ayudó a profesionalizar a la filosofía en nuestro país. Y con profesionalizar no quiero decir que los haya enfocado a obtener grados y posgrados filosóficos, sino que animó una reflexión original, crítica, con mucho rigor profesional, clara. (Tal vez siguiendo las enseñanzas de Ortega y Gasset cuando dijo que la claridad es la cortesía de los filósofos.)
Surgieron grandes filósofos, pero, como dicen algunos maestros de hoy, sin mucha capacidad. Es decir, se logró la profesionalización filosófica, pero se perdió el talento.
Hoy es tiempo de pedir filósofos profesionales y talentosos.
La cultura en Tehuantepec
En Tehuantepec necesitamos profesionalizar la cultura, o mejor dicho, los quehaceres culturales y humanísticos. Basta ya de improvisaciones. Basta ya de improvisados. Por mucho talento que alguien tenga, debe darse la oportunidad de abrevar en la técnica, en el rigor, en el pulido de estilos. Ya no más artistas y humanistas de medio tiempo.
En el caso de los historiadores, deben allegarse de lo que las corrientes historiográficas nos señalan. No para adoptar dogmáticamente una, sino para conocer que la historia no es sólo una narración de hechos pasados, sino para descubrir que la historia se puede abordar desde diferentes puntos de vista, incluso prescindiendo de eso que llaman “objetividad”. La historia como un factor que nos determina hoy, no como hechos aislados y encerrados en el pasado como si nada tuvieran que ver con nuestro presente y nuestro futuro. Una historia que interprete y no sólo que narre “objetivamente”. Una historia que no sea una prolongación de los libros de texto oficiales. Una forma de hacer historia que nos saquen del museo de cera del aburrimiento, en donde se nos enseña que debemos adorar una estatua de bronce. Una historia crítica tal vez es la necesaria. Pero nada de ello será capaz de florecer en los estudios históricos si los historiadores tehuanos no se acercan a la teoría histórica, historiográfica. Incluso a una filosofía de la historia.
Pocos son los que se han atrevido a hacerlo.
Lo mismo ocurre con nuestros creadores literarios. Son escritores de medio tiempo que se dedicaron a todo, y en sus ratos libres, a escribir. No se pide que sigan una corriente literaria, pero sí que hagan y deshagan sus estilos. Que no se la pasen dando vueltas y vueltas en lo mismo, engañándose que están evolucionando cuando lo único que hacen es cambiar palabras al mismo cuento de siempre. Entendiendo que por escribir un poema desde la secundaria, hoy a sus cuarenta años merecen ser reconocidos por su gran trayectoria. El simple paso del tiempo no garantiza la evolución artística.
Y peor aún.
Historiadores, escritores, sabelotodos, artistas, se dedican hoy a hacer “cultura” no como vocación, sino como una forma de lisonjear a los poderosos para recibir sus favores presupuestarios. No como una vocación, sino como un trabajo resultado de las circunstancias.
Nos han hecho creer que su forma de hacer cultura es la única posible. Que tenemos que adaptarnos a eso para no salirnos de la nómina (o si se es joven, como ya observo en algunos, para entrar en ella).
Una vertiente artística que mucho ha dado, de calidad, es el teatro, puesto que sus creadores se han entregado en cuerpo y alma a su realización plena. No como forma de quedar bien con los de allá arriba, sino como una forma de crear algo que no estaba, y que si estaba, no estaba tal como ellos lo veían. Son artistas de tiempo completo que hoy son la punta de lanza del arte tehuano contemporáneo. Y que nos están dando una lección muy grande: el arte es arte cuando en verdad crees en él, cuando te entregas a él, y no pasas el tiempo como un eterno aficionado.
Tenemos que proponer (y esto es un pequeño intento) una nueva forma de entender a Tehuantepec. No debemos dejar atrás nuestras costumbres, nuestras tradiciones. Debemos seguir participando en ellas para poder continuar siendo una sociedad viable. Pero también tenemos que pensar en que la cultura no sólo se hace, también tenemos que comprenderla.
Habrá que cultivar el talento, pero también el profesionalismo.
Pugnamos por dejar de ser médicos o abogados en la mañana y artistas en la tarde. Tenemos que entregarnos a las artes, a las humanidades, y ellas nos entregarán sus más íntimos secretos.
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