I.Cuando los abstencionistas deciden
El 2009 no sólo es un año de crisis económica, agudización de la guerra contra el narco, crecimiento de la inseguridad y emergencia de salud pública; como si no hubiésemos tenido suficiente pesares, es también tiempo de elecciones; y es que más que una fiesta democrática el proceso es una farsa.
Y es que, como hemos presentado en otros espacios (revista En Marcha 111), mediocridad y autoritarismo marcan a nuestra clase política, como se corrobora con el lamentable estado de la institucionalidad en Oaxaca, así como la práctica cotidiana, cargada de violencia y descalificaciones.
En este gris panorama nacional y el rojo-violento acontecer oaxaqueño, habremos de elegir a los diputados federales. ¿Cómo se presentan las cosas en la entidad? En un ejercicio de prospectiva presentamos aquí los escenarios que se pudieran presentar.
2006 y 2007, elecciones atípicasLos comicios del 2009 se realizan tras dos procesos atípicos en Oaxaca, en 2006 las elecciones federales y en 2007 las de diputados y presidentes municipales. Atípicas porque sus resultados no necesariamente corresponden a la distribución de fuerzas en la geometría política estatal, sino que aparentemente derivan de situaciones coyunturales.
En el primer caso, parte del proceso electoral y la jornada comicial se efectuaron justo en el ínter de la crisis político-social más grave del Oaxaca contemporáneo, que expresaba un rechazo al autoritarismo y soberbia del equipo priista gobernante. Aunado a ello, la polarización que en el país se dio en torno a las candidaturas del panista Felipe Calderón y el perredista Andrés Manuel López Obrador (AMLO, candidato de la Coalición por el Bien de Todos —CBT), tuvo su impacto en esta entidad.
Los resultados así lo reflejaron: por vez primera el PRI fue desplazado como primera fuerza política de la entidad, su candidato presidencial, Roberto Madrazo, obtuvo de los oaxaqueños varios puntos porcentuales menos que AMLO; además, perdió nueve de los once distritos y las senadurías de mayoría. Si bien se preveía una caída del PRI, no se esperaba una derrota tan contundente.
En 2007, las cosas dieron un giro de 180 grados; el priismo ganó los 25 distritos en disputa, obteniendo carro completo en las elecciones a diputados locales, hecho que no acontecía desde 1995. Además, gana los comicios municipales en las ciudades más importantes de la entidad, manteniendo la capital y arrebatando a la oposición sus principales bastiones, como Huajuapan y Matías Romero al PAN; Xoxocotlán y San Jacinto Amilpas al PRD, entre otros.
De nuevo, si previo a los comicios se preveía una recuperación del priismo —tanto por los yerros de la oposición, la desarticulación del movimiento popular y el uso excesivo de recursos gubernamentales en apoyo a la campaña del tricolor—, tampoco se esperaba que fuera tan rotunda.
Las explicaciones a estos sucesos van a los extremos. El magisterio y la APPO —Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca—, mostraron como éxito suyo los resultados en el 2006. En 2007 no pudieron explicar el revés tan categórico que recibieron pues, al igual que el año anterior, llamaron al voto de castigo en contra del PRI y PAN.
En 2007, el PRI atribuyó los resultados a su capacidad de movilización y recuperación. Sin embargo, pese a que tienen la organización necesaria y hacen un uso descarado y desmedido de estructura y recursos gubernamentales y programas sociales, tampoco basta para explicar esta recuperación.
En ambos casos, sin dejar de considerar que se presentaron una multiplicidad de factores que conllevaron a los resultados descritos, considerando las estadísticas electorales hay una variable que es determinante en los resultados presentados: la participación ciudadana.
Los que no votan definen resultadosHemos insistido en distintas ocasiones que en México, quienes definen en gran medida el resultado de las elecciones, son aquellos potenciales votantes que no ejercen su sufragio. Los abstencionistas son quienes delimitan quién gana o quién pierde en los comicios.
Las tendencias presentadas en la entidad (Cuadro I) tanto en elecciones estatales como federales, nos muestran cómo la votación a favor de la oposición asciende o desciende de manera proporcional a la participación o abstención en los comicios. Cuando la gente acude masivamente a las urnas, los partidos de oposición incrementan sustancialmente sus votos. Cuando se quedan en casa disminuyen drásticamente sus posibilidades.

En sentido contrario, la votación a favor del PRI es inversamente proporcional a esos indicadores (Cuadro II); entre más gente vota, el tricolor recibe menos sufragios (porcentualmente hablando) y, cuando la ciudadanía se abstiene, el PRI crece en la proporción de votos obtenidos. Por eso, cuando los ciudadanos deciden no ir a votar, en los hechos, desde el punto de vista estadístico, se traduce en votos a favor del partido gobernante.
Y es que en casos de alto abstencionismo, a las urnas acude casi exclusivamente el segmento que forma el llamado voto duro de los partidos; por su permanencia en el tiempo, ser el partido en el gobierno y contar con la estructura territorial necesaria, el priismo es el que tiene una mayor clientela política.
Esta situación se puede apreciar claramente en los procesos de 2006 y 2007 y explicarían en gran medida la disparidad y aparente contradicción entre los resultados de los comicios efectuados en esos años. Aparente porque, si centramos el análisis en esa variable de participación-abstención, comprenderemos que no hay tal; que los resultados corresponden a lo que las tendencias habían marcado.
En 2006 la participación se situó en el 58 por ciento, cifra similar al de las elecciones presidenciales de 2000. En ambas, el resultado de la suma de los votos de oposición es, con mucho, superior a la del PRI.
Lo que cambió en esa ocasión fue que lejos de dividirse esos votos opositores entre PAN y PRD, el llamado efecto “peje” (el carisma y penetración que había logrado AMLO), permitió que en su mayoría se concentraran en apoyo a la Coalición que él encabezara; a esa polarización se sumó, aunque en menor medida a lo que su propaganda propala, el llamado del magisterio a votar contra los candidatos del PRI y PAN.
Así, los resultados fueron tan contundentes que, sin imaginarlo, varios candidatos de la CBT accedieron a una curul. Y el PRI sufrió la mayor derrota electoral de su historia.
En 2007, las cosas cambiaron radicalmente. Se presentó uno de los índices de abstención más alto en la historia oaxaqueña, que llegó al 65 por ciento. Ante esta desoladora falta de participación, el PRI no tuvo mucho que hacer para ganar cómodamente.
Tanto, que ni en su mejor escenario lo contemplaba, pues preveía perder al menos tres o cuatro distritos, de ahí que sus “mejores cartas” como su dirigente estatal Jorge Franco, Lizbeth Caña Cadeza y Elías Cortés, ocupaban las primeras posiciones en la lista plurinominal; así, no fue ni la APPO ni el magisterio, sino la falta de votantes, lo que dejó fuera del Congreso estatal a tan ínclitos personajes.
Por ello, el análisis de las tendencias electorales puede mostrar posibles comportamientos; si bien, no se trata de determinismos ni son el factor esencial para que se presenten tales o cuales resultados; conocerlas muestra el comportamiento histórico de las votaciones, devela algunas causas de éstas y permite hacer proyecciones con base en la participación que se estima habrá de presentarse.
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