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“No dejan ver lo que escribo, porque yo escribo lo que veo” Blas de Otero
El campo teórico El poder, esto es, la capacidad de aplicar una decisión, la capacidad de que los demás acepten como propia una decisión ajena a ellos, es un tema central de la teoría política. Poder decidir para procurar, facilitar y hacer factible la voluntad-de-vida a quienes afecta la decisión.
Pero el poder ha sido reducido a la búsqueda de la “dominación”; las teorías y filosofías políticas al uso, han entregado esta verdad: el poder es dominación (Maquiavelo, Hobbes, Weber, Lenin). Pero opongamos una definición menos déspota: “El poder es voluntad consensual de la comunidad o el pueblo, que exige obediencia a la autoridad”, nos dice una filosofía política transmoderna y más allá de una visión reductiva del poder.
Vemos ya que consenso se opone a dominación. Consenso como forma de acordar una decisión; dominación como imposición de una voluntad de manera unilateral. En el primer caso como un mandato común convenido; el segundo, exige obediencia a la sociedad. Esto es, invierten el ser de la política, ya que en vez de reclamar obediencia a la sociedad (que reduce a que los gobernantes mandan mandando), se debe ver en el pueblo al sujeto que posee el poder originario (esto es, que la premisa debe ser que los que mandan, manden obedeciendo). El que gobierna debe obedecer. Porque el poder pertenece al pueblo, como la mayoría sabemos, pero el pueblo, en la práctica, significa una masa amorfa, significa un conjunto de voluntades desorganizadas, impotentes a la hora de las decisiones significativas.
El pueblo posee el poder como potencia (como cuando decimos que una semilla es un árbol en potencia, como ejemplificamos cuando decimos que un niño es un hombre en potencia). Hace falta materializar el poder, volverlo real, efectivo, factible, concreto. En potencia sólo existe como concepto. Hace falta hacerlo un poder real, efectivo, como potestas.
Es así que el pueblo debe institucionalizarse, tiene que encontrar las formas de ejercer ese poder. Y para eso delegó el poder (no lo entregó totalmente) a sus representantes (concejales del ayuntamiento, diputados, gobernadores, jefes de gobierno). Pero estos representantes se corrompen, se fetichizan, se vuelven servidores de sus propios intereses. ¿Resignarnos es la solución?, ¿esperar a que terminen su periodo para ver si llega otro menos peor? No.
El pueblo debe crear nuevas instituciones, debe retomar el poder que delegó a quienes traicionaron su confianza y su mandato. Crear nuevas instituciones: una nueva e inédita forma de exigir, presionando, vigilando, fiscalizando, mandatando, proponiendo, destituyendo y creando una novedosa forma de relacionarse con los gobernantes.
Tehuantepec y su ¿gobierno?
Más allá de precisiones jurídico-políticas, tenemos que ver que, políticamente, el presidente municipal actúa como un reyecito, como un señorcito feudal que sólo se dedica a extraer ganancias de lo que le costó veinte años lograr: ser presidente municipal de un de por sí saqueado pueblo. Maneja el erario como su cuenta bancaria personal, y que, de vez en cuando, para mostrar su “bondad”, desembolsa alguna limosna para entretener a sus súbditos: algunos uniformes de futbol, algunos trofeos y más uniformes de futbol, darán la imagen de que su gobierno está “cumpliendo”.
Su elección no fue tal. La campaña para elegir presidente municipal en Tehuantepec, aparte de lo que todos sabemos que pasó, el candidato que se erigió con el triunfo, y hoy es presidente municipal de Tehuantepec, lo único que tuvo que hacer es promover el desánimo y engancharse a la campaña de diputados locales. Porque el candidato y hoy coordinador de la bancada priísta en el Congreso local, fue quien en realidad cumplió con el papel de promotor y candidato de amplio espectro, pues no sólo se dedicó a promover su imagen y propuestas legislativas, sino que tuvo que hacer el trabajo que el hoy presidente municipal no hizo: pedir la confianza de los ciudadanos. Y no lo hizo porque no podía, aunque hubiese querido. Veinte años de traiciones e inmoralidades respaldaban su miedo a exponerse ante el gran público elector de Tehuantepec. Me temo que no saldría bien librado. Entonces ¿de qué base democrática podemos hablar en este caso? ¿A qué legitimidad podemos referirnos?
No fue una elección ni legal ni equitativa ni democrática ni racional. Así, cómo podemos aprobar sus decisiones. Porque la legitimidad es eso, la capacidad que se adquiere a través de la legitimación para poder poner en práctica decisiones sin la necesidad de recurrir a la coacción. Pero hemos dicho que la elección fue ilegítima, no pasó por un proceso de legitimación democrática.
Es cuando el pueblo debe comenzar a reorganizarse, a retomar el poder y remover a quienes no eligió pero se erigen como representantes populares. Nada puede decidir, porque durante veinte años se dedicó a abrir trincheras que hoy lo tienen rodeado, atado, inmóvil, nadando de muertito, como desde su campaña ha hecho, repartiendo algunos uniformes a trabajadores organizados y a los cuales teme. Es hora de que comience a temerle a todo el pueblo y que el pueblo comience a organizarse para ser un pueblo temible, porque no hay nada más sano que un pueblo al cual su gobierno le tema. El problema que recientemente ha comenzado a minar esos carentes cimientos políticos, es el problema del agua. Durante meses han bombardeado a la población para repartir culpas colectivas. Están tratando de convencer al pueblo de que él es el culpable de la falta del vital líquido. El es gobierno del spot y los periódicos comprados. Este problema, ahora lo querrán procesar como un problema que al gobierno no le corresponde, pero es tan bueno que nos hizo el favor de intervenir. Es el fenómeno de “¿Y yo por qué?”, como si los problemas públicos no fueran asunto de quien ostenta la representación de la cosa pública en Tehuantepec.
Y si insisten en que no es un problema de su competencia, entonces deben renunciar, o el pueblo debe obligarlos a ello, a ¡que se vayan todos! El pueblo debe consensar sus nuevas formas de interacción política. Protestar, exigir. No temer a sus representantes. Ejercer su voluntad de vida para reproducirla en plenas condiciones.
Carente de toda base democrática, social, ética y política, el gobierno municipal tehuantepecano (y sobre todo el primer concejal), sólo se ha dedicado a asistir a sus familiares y amigos, promoviendo la más arcaica tradición política priísta del nepotismo. El poder no les pertenece y no lo han ejercido correctamente. Han repetido y profundizado lo peor del antiguo régimen que hoy quiere revivir. El PRI nunca debió regresar y tiene que irse pronto. No esperaremos a que terminen de saquear a nuestro pueblo. Ya no.
República Zapoteca de Tehuantepec, julio 29 de 2011. 14:03 hrs.
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