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Se cansan mis ojos, señora pequeña de mi corazón, y tú no te ves en el cielo… Mírame, ya caigo en la tumba. Mi muerte, Gabriel López Chiñas.
Ya se presentan los muertos para estar con sus vivos. Vamos a recibirlos como sólo ahora podemos hacerlo: con palabras, con música, con recuerdos. Y sobre todo, con comida, la de nuestro pueblo. A veces he llegado a dudar que los muertos se coman lo que les dejamos en los altares en todosantos, pienso que únicamente pasan a verificar que nos hayamos acordado de ellos, porque si comiesen los manjares preparados en su honor (y para nosotros, claro), más de uno ya habría ido a buscar su cuerpo al panteón para levantarlo a merendar.
Hoy quise hacer algo breve, hablando de la esencia de la muerte, de los difuntos, de su espíritu, de lo que representa la llegada de estos días para los humanos, para los mexicanos y sobre todo para los tehuanos. Siempre hablando desde mi perspectiva muy de aspirante a filósofo y, sobre todo, de alguien que pretende, busca, ser un buen tehuano, sea lo que sea “ser un buen tehuano”. Yo me siento muy poco preparado para hablar de la muerte en la época prehispánica, y hasta de la época contemporánea con tintes propios de nuestra etnia. Así es que hablaré de temas no históricos y ni siquiera antropológicos, sino con un poco de metafísica y/o antropología filosófica, la cual no caería nada mal (aunque esto llegue a molestar a los científicos del pensamiento).
Decía Sócrates (claro, a través de Platón, o Platón a través de Sócrates) que la Filosofía era una permanente reflexión sobre la muerte, que los filósofos (los de verdad) se ejercitaban en morir (Fedón). Toda la vida nos la pasamos preparándonos para ella, haciendo cosas para que manifiesten nuestra vida terrenal después de habernos ido. Podemos morir justa o injustamente, o morir sin justicia y sin injusticia, así nada más, porque la vida así lo decrete: “tú debes morir, y sanseacabó”.
La muerte es el fin de la vida, biológicamente hablando. Pero la muerte trasciende al mero acto orgánico de vivir. Los muertos nos han dejado el recuerdo, la añoranza, la nostalgia de su no-presencia física. Aquí siguen presentes aunque estén ausentes. Por mucho o poco tiempo, pero se quedan un rato más después de haberse ido. Si bien el tipo de vida que alguien haya vivido (optada o determinada) será proporcional al tamaño de los recuerdos que le dispensen (buenos o malos) los que sigan en el camino. No obstante, pronto vienen las iniquidades, y podemos sobrevalorar a un ser indigno o malévolo, haciéndolo pasar como paladín de la buena vida, por el simple hecho de su muerte. O al contrario, podemos echar al injusto olvido a quien tuvo un actuar categórico para las cosas buenas de nuestro presente.
Siempre, la mayoría de personas, vive añorando la continuación de la vida por otros medios después de su expiración. Se aferran a esa idea, de que la vida que vendrá después de la vida, será mejor y más placentera (con distintos grados de placer, marcados por las diferentes religiones). Pero, caen en la paradoja de siempre buscar resistirse a la muerte. Es el instinto de supervivencia, dicen. Entonces, ¿nuestro espíritu busca no irse de la vida? ¿Por puro instinto buscamos lo peor o por lo menos evitamos lo mejor (que en este caso sería el pasar a “mejor vida”)? A veces dudo. Siempre dudo. De todo dudo. Lo único seguro es mi duda, como enseñaba Descartes (Meditaciones metafísicas).
Dicen que los mexicanos nos burlamos de la muerte. Puede ser cierto, o puede que no. Lo que sí es que el día de los santos difuntos es un día que se llena de colores, en que ponemos a la parca a bailar, a emborracharse y a decirnos que sí, que sigue detrás de nosotros, y que su trabajo será constante. (Imaginemos que pase una hora sin que en el mundo nadie muera. No lo sé, tal vez el desequilibrio vendría. La muerte existe para perpetuar la vida humana.)
En el día de muertos se saca un poco de lo mejor del repertorio culinario, musical, y hasta histriónico de nuestra cultura binizá. Notas musicales que le arrancan lamentos al pentagrama; platillos indígenas, y por ello deliciosos y apetecibles. Cerveza, mezcal, pan, dulces.
En Tehuantepec, me parece, hay sólo una costumbre por erigir altares y no por visitar a los muertos. Los historiadores y antropólogos podrán explicar mejor el por qué. En otros pueblos es más de ir al panteón en estos días a convivir con sus difuntos. En Tehuantepec, a los muertos, se los espera en la casa, de donde, tontos, piensan que ya se han ido. Nuestros muertos también pueden ser nuestro santoral particular. Muchas veces les pedimos que nos cuiden, que nos preserven, que nos alejen del mundo en el que ahora ellos habitan. Y sus espíritus se manifiestan.
El espíritu, en mi opinión muy de intuiciones, lo entiendo en dos sentidos. 1) Como la condición sine quanon para vivir; como la dicotomía cuerpo-espíritu. (Alma, aliento, soplo, vida, decía en nuestras clases de etimologías grecolatinas en los Maristas mi gran maestro Margil, un muerto que nos dolió, y nos sigue doliendo, en lo más profundo a los jóvenes.) Lo entiendo como la parte etérea de nuestra existencia humana, más allá de lo material, lo metafísico. 2) Como la esencia, lo propio de algo. Por ejemplo “el espíritu de las leyes”, lo cual, creo, quiere decir, la esencia de las leyes, lo propio de las leyes. A esta segunda acepción me refiero.
El espíritu de la muerte es el de recordarnos nuestra falibilidad, nuestra existencia mortal. El espíritu de la muerte da miedo. El espíritu de la muerte es continuar la vida humana, equilibrando. La muerte de suyo es triste. A alguien siempre le tiene que doler la partida de un ser querido. Y duele, y da miedo hablar de ella.
A los jóvenes no nos da mucho por pensar en eso, porque creemos que todavía nos falta. Los viejos, en Tehuantepec, se dedican a esperar la muerte, cuando sienten que ya cumplieron con su misión. Se nos mueren antes de tiempo. Se mueren antes de morirse. Y eso nos priva de su experiencia. Su vida muerta se vuelve melancólica, apagada, esquiva. Desaparecen muchas veces. El fatalismo zapoteca, como dice pesimistamente un amigo mío. Yo quisiera no creer en eso.
¿Y cómo mueren los que deciden quitarse la vida? Ahorcados. Es una forma muy zapoteca de morir. “No se andan con jaladas de darse un balazo”, como me comentó un antropólogo experto en temas de zapotequidad tehuana. Se cuelgan frente al santo, o en el cuarto. Todos en Tehuantepec tenemos un familiar (o conocido) que se ahorcó. Todos.
Muchas veces, se relaciona a un muerto con otros (vecinos, amigos, colegas, etc.); por ejemplo, hay la creencia de que los muertos se van en grupo. “Se tienen que ir tres”. Se lo llevó fulano de tal, dicen cuando mueren coincidentemente otras personas en fechas cercanas a la de un primer fallecido. ¿No será una manifestación del espíritu de la muerte? ¿Hasta en la muerte somos gregarios? Porque en Tehuantepec aunque sea para pelearnos, pero nos juntamos.
¿Y por qué no nos juntamos para luchar? Recordamos la fuerza de nuestros muertos en las batallas que se libran. ¿Recuerdan el 2 de noviembre de 2006? La batalla de todosantos. La muerte llegó en forma de tanquetas, de militares, de color gris. Y nuestros muertos dijeron: muerte a la muerte. Y murió la muerte. Por un instante los siempre vencidos vencieron al siempre vencedor. Así a veces es la vida… y la muerte.
A esto siempre me refiero, aunque hable con otras palabras y con rodeos. Y así será, aunque hable de metafísica y ontología. Ya vamos a esperar a nuestros muertos.
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