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LA COLUMNA ROTA
Quién no recuerda su niñez: los dulces, los juguetes, el amor de nuestros padres, nuestros amigos, los juegos, el aprendizaje en el aula con todo y las deficiencias de nuestros maestros; las horas de inconsciencia que vivíamos. Recordar lo dulce nos mantiene como adultos amando a nuestros pequeños y dando lo mejor de nosotros para que tal vez ellos no padezcan lo mismo que nosotros.
Tal vez en efecto no tuvimos la suerte de vivir tan de color de rosa nuestra niñez y la que pasamos fue dura: trabajando en el campo porque había que comer. O tal vez siendo niños empleados a casa haciendo quehaceres para pagar nuestros útiles escolares, por lo que ahora hacemos todo para que nuestros hijos no pasen por eso. Para eso tienen a sus padres para que nada les falte.
La fortaleza que es la familia nos mantiene seguros y alejados de todo peligro y es cuando socialmente pensamos que esto que ahora le contaré no pasa en la realidad, más que en novelas o en películas de terror.
Alguien cerca de usted que valiéndose de mil cosas logra su confianza y la de aquellos que lo cuidan y lo aman, repentinamente ese amor filial, empieza a incomodarle. Los abrazos y los besos que este personaje le brinda no le gustan. Es usted un pequeño o una pequeña que no sabe de formas para decirle que le asusta que muy dentro de usted sabe que esas caricias no son correctas.
Algo más difícil. No sabe cómo decirle a quienes están cerca e ignoran lo que está pasando, que eso le lastima, porque el personaje le ha amenazado diciéndole que es su culpa todo esto que pasa. Que usted con sus tres, cinco, diez, trece años provocó todo y además le intimida diciéndole que si dice algo aquella persona que usted tanto ama puede morirse, y si éso pasa será su culpa también.
Y así pasó el tiempo. Hoy usted es un adulto y finalmente entiende que este individuo estaba enfermo y siente dolor por todo aquello que pasó. Esto le ha generado que sus relaciones con los demás sean muy difíciles. De repente llegan los sueños, los recuerdos de algo que su mente bloqueó, para evitar más dolor, del que como niña o niño sintió cada vez que era violentada su integridad física, emocional y psicológica. Y entonces lo único que acierta a hacer es sobreproteger a sus hijos, sobrinos, nietos, por miedo de que eso mismo por lo que usted pasó les toque a ellos y entonces la vida se torne más difícil. ¿ En quién confiar si cuando lo hizo lo lastimaron?
El tema es difícil de digerir, pero realmente se vive en nuestra sociedad “perfecta”. Lamentablemente un perfil exacto del pederasta o del pedófilo no existe. No se le distingue a simple vista, pero reproducen algunas características que sí resultan reveladoras. La mayoría de ellos se relacionan con trabajos que se dan cerca de los niños: escuelas, terapias infantiles, la iglesia. Se acercan mucho a parques recreativos, suelen buscar las zonas marginadas ya que les ayuda a ampararse en la necesidad de los pequeños y la ignorancia. Y lo último: ven en la internet un campo seguro para este tipo de prácticas. Lo más duro es que los podemos tener en casa y no darnos cuenta hasta que ya ha pasado todo lo que anteriormente mencionamos.
¿Cuál es la solución a dichas situaciones? En Primer término aceptar que esto realmente existe, nos haya pasado o no. Que si escuchamos el tema aprendamos a relacionarnos como si fuera nuestro pequeño o pequeña; aprender a observar (no sobre observar), el comportamiento de nuestros hijos, y escucharlos y amarlos.
Y sobretodo entender que casos como el del Instituto San Felipe, Etla, Ocotlán en Oaxaca, el de los curas en todo el país; los casos de Puebla; las Casitas del sur en México, o en Guadalajara o Monterrey, son casos donde han sido lastimados nuestros pequeños. Y no sólo son temas políticos como muchas veces se ha pretendido manejar. Si creemos dichos argumentos nos convertimos en cómplices silenciosos de cada uno de esos abusos. Sólo véalo así. Es como si usted estuviera presente en el momento en que cada uno de ellos y ellas fueron violados. ¿Lo permitiría?
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